Catalina Etchegorría y Blanquet era una santa. Siempre se le dijo a Catalinita que, a su edad, se cuidara. Que no diera todo por los pobres. Ninguno le agradecería su trabajo incansable. Pero ella no se detuvo. Siguió con sus reuniones parroquiales, la publicación de folletos, sus cursillos de moralidad. Eso sí, como nunca se casó pudo dedicarse al servicio incansable de su hermano, el ahora Obispo Coadjutor de Villa de las Flores.
Hay que recordar sus excelentes trabajos sobre la santa castidad, la invalidez de los métodos anticonceptivos, la falta de fe de la juventud, el valor del pudor, el misterio de los corazones traspasados, la pureza de los matrimonios blancos, el autosacrificio sacramental, la promiscuidad de los anteconsortes, la mutua donación de los congénitos fratinos, y tantos otros temas interesantes y valiosos. Pensar que ahora llegó la hora de su inhumación... Q.E.P.D.
Pero ella, tal como lo esperaba, no está realmente muerta. Hay algo en el más allá. La recibe el mismísimo Dios, representado por un señor de edad mediana, vulgar, vestido como mecánico de barrio y con cierto atractivo masculino.
Cae de rodillas ante el Señor. Él, con un gesto la hace levantar, la invita a sentarse (en atención a su artrosis) y comienza a cuestionarla en el terrible Juicio Final.
Dios: (con gesto adusto) -¿Qué hiciste de tu vida, pendeja?
Catalina: (no sale de su asombro) ¿Perdón, Señor? ¿Oí bien? ¿Me dijo una palabra altisonante, o entendí mal? Es que, sabe Usted, últimamente no he estado oyendo bien.
Dios: ¡No te hagas! Bien que me oíste, idiota. ¿A poco crees que no conozco todos tus pinches secretos?
Catalina: (volviéndose a poner de rodillas) -¡Señor, mi Dios bendito! ¿Por qué me hablas así? El Señor odia las palabras vulgares.
Dios: ¿Y tú quién carajo te crees? ¿Cómo te atreves a decir que sabes lo que me gusta y lo que no? Si hay algo que aborrezco es que hablen en Mi Nombre a lo pendejo. Si hablo así, es porque debo mostrarme ante ti de un modo inteligible. Tu reducida mente nunca podría comprenderme tal cual Soy. Así que decidí -por mis huevos- hacerlo del modo que siempre despreciaste. Parecerme a los léperos que odiabas (o, más bien, decías odiar; porque bien que te fijabas en los fuertes brazos de más de uno que andaba en la calle, y hasta abrías las aletas de la nariz buscando -como perra- su olor a macho joven).
Catalina: -¡Perdón! ¡Perdón! ¡Misericordia! ¡Basta, Señor, no me tortures más! ¡Apiádate de esta pobre alma doliente!
Dios: -Mira, pinche vieja, ya me tienes hasta la madre con tanta hipocresía. ¿Crees que no estoy viendo -en este preciso instante- toda la mierda que tienes en tu podrida cabeza? ¿Crees que me vas a engañar con tu discursito barato de película bíblica?
Catalina: -Pero entonces... ¿Nada de lo que yo creía era cierto? ¿He vivido engañada, acaso?
Dios: -P'os qué te digo... Viviste con una venda en los ojos. Venda bien apretada por ti misma, por cierto. Con el corazón seco. El espíritu lleno de odio y envidia. Desaprovechaste todas las oportunidades que te di para ser feliz. Dabas lecciones de moral sobre lo que no conocías. Hablabas en Mi Nombre. Fingías una santidad de la que estuviste muy alejada. Decías que me amabas ¡a Mí! cuando -en realidad- te habías armado un ídolo con cara de estampita y espíritu de fraile inquisidor. ¡No me jodas!
El Señor, rojo de la ira, acciona una palanca en su escritorio y -súbitamente, en medio de un humo negro- se abre el suelo bajo Catalinita.
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