viernes, 15 de abril de 2011

(2) Una tradición renovada

El seminarista acciona la herrumbrosa llave que le permite el acceso a los aposentos reservados de la curia. En la penumbra se dirige de puntillas a la recámara y descorre las pesadas cortinas. De camino, automáticamente enciende la computadora para poder pasar en limpio los documentos del día. Entre cojines, casi sentado, el Obispo aún duerme resoplando. El aire viciado, por una mala digestión, no es precisamente un ejemplo de olor a santidad. Habrá que entreabrir las ventanas. En apariencia, agotado por la ingente tarea de elaborar la homilía del domingo, sobre el escritorio se hallan abandonadas varias tazas de café junto a los papeles en desorden.

- Monseñor... ¿Pasó Usted una buena noche?

Mientras se incorpora pesadamente, responde en un hilo de voz:

- Con dulzura...
- Veo que ha trabajado hasta tarde, Monseñor. ¿Quedó lista la homilía?
- ¡Será elocuente!
- ¡Qué maravilla! Me imagino que contiene nuevos conceptos... Contendrá frescas e iluminadoras ideas.
- Nuevas y accesibles a la razón.
- ¿Puedo leerla?
- No es un misterio...

El seminarista, casi temblando, toma las hojas entre sus manos y lee ávidamente:

Queridos hermanos y hermanas:

Quiero hoy, aquí, rendir testimonio de las fuentes vivas de la fe y de su fuerza liberadora. Gocemos, con alegría y esperanza renovada, la demostración de una perfecta adhesión a ella. Con un espíritu de apertura, atento y fervoroso, veremos el resplandor que ilumina la belleza de la verdad y de sus obras. Ese misterio, que se realiza en todo tiempo, nos impone la grave obligación de retornar a la tradición y significación primordiales. Es una fuente de luces siempre nuevas y accesibles a la razón, lo que no basta para que solicitemos, con humildad, nuestra participación en los frutos de sus designios. Es, a no dudarlo, el corazón del hombre quien con dulzura ha sido llamado para sufrir esa singular transformación. El sacrificio, como toda obra fecunda, nos lleva a la gozosa emoción de servir. Será el elocuente signo de la unidad y prenda de una antigua institución de trascendencia secular. Hagamos oír nuestra voz para que el sufrimiento y las dificultades animen nuestra eterna confianza en la reconciliación.

Amen

Al terminar, el joven novicio reposa amorosamente las hojas sobre el escritorio y con una sonrisa perfecta le expresa, de modo tácito, su total admiración. Sin duda, se trata de una brillante pieza de oratoria que hará estremecer de emoción a los feligreses. El bello discurso, su depurado estilo y la profundidad del mensaje lo han conmovido. Súbitamente sigue el impulso de arrodillarse y besar la piadosa mano capaz de plasmar una exégesis tan sublime.

- ¡Es extraordinaria, Monseñor! Permítame darle mis más calurosas felicitaciones. No sólo será fuente inspiradora para los asistentes, sino envidia de muchos Señores Obispos... Jajaja.
- Con humildad y emoción de servir...
- Pero veo que sobre la mesita auxiliar hay aún más papeles... ¿Acaso otra homilía? ¿La de la semana siguiente?
- Es nuestra esperanza...
- Demasiado trabajo para Usted.
- ¡Basta! Se realiza todo el tiempo...
- ¡Ha hecho un esfuerzo sobrehumano, Monseñor! Qué digo sobrehumano... ¡Sobrenatural!
- Las dificultades son siempre nuevas.
- ¿Puedo leerla?
- A no dudarlo... Con confianza.

El seminarista toma el manuscrito y con deleite se demora en la lectura que, apenas en unos minutos, deberá guardar protegida para la posteridad.

Hermanas y hermanos queridos:

Con renovada esperanza gocemos el elocuente signo de la reconciliación. Será el corazón del hombre, y el resplandor de toda obra fecunda, ese misterio que no basta para que solicitemos el sacrificio de sus frutos. Lo veremos en el fervoroso sufrimiento, de luces siempre nuevas. Nuestra participación es, a no dudarlo, una fuente para la gozosa emoción de servir y prenda de trascendencia. Como una antigua institución secular, con dulzura ha sido llamado para sufrir esa singular transformación. Las fuentes vivas de la fe, accesibles a la razón y su fuerza liberadora, realiza en todo tiempo los designios de significación primordiales. Quiero que, con humildad, las dificultades animen nuestra apertura y confianza en la demostración de una perfecta adhesión a la tradición eterna. Rendir testimonio, y un espíritu atento, es quien nos lleva hoy a ella, y nos impone la grave obligación de retornar a la unidad. Hagamos oír aquí, con alegría, nuestra voz que ilumina la belleza y la verdad de sus obras.

Amen


- No sé qué decir... Hay tal riqueza en esos textos. Estoy conmovido hasta las lágrimas.
- Lo que nos impone la grave obligación de rendir testimonio.
- Veo en Usted una eterna fuente de creación. Un resplandor de fe.
- Nuestra voz ilumina la verdad liberadora.
- ¡Con luces siempre nuevas, Monseñor!
- A sus frutos nos lleva el sacrificio.
- Es una obra fecunda.
- El corazón del hombre ha sido llamado a la reconciliación.


Mientras el obispo se encamina prontamente al baño, el joven -aún pasmado- se dirige a la computadora con el fin de archivar los textos e imprimirlos -con letra grande- para que puedan ser fácilmente leídos en el templo.

Como si se tratara de una sombra malévola trata de alejar la envidia intelectual que le producen esas magníficas piezas. Recuerda con ternura cómo una homilía similar lo encaminó al humilde servicio del obispo. Pero íntimamente se pregunta cuándo será el bendito día que podrá, él mismo, llegar a esas cimas espirituales. Sospecha que aún deberá recorrer un largo camino de oración, reflexión y estudio.

De pronto siente una súbita inspiración. Acuden a él ideas, pensamientos, intuiciones. Abre un nuevo archivo y -gracias a la comodidad del procesador de textos- transcribe su propia creación:


Queridos, hermanas y hermanos:

Gocemos, la demostración de una perfecta confianza, con humildad, con alegría y esperanza. Veremos cómo, con un espíritu de apertura, el resplandor que ilumina la belleza de la verdad es una fuente de luces siempre nuevas. Quiero rendir testimonio, atento y fervoroso, de las fuentes vivas de la antigua tradición, de su fuerza y de sus obras. A no dudarlo, hoy, aquí, es el sacrificio del hombre, quien con dulzura ha sido llamado a la razón. Toda obra fecunda no basta para sufrir, solicitemos nuestra participación en los accesibles frutos de sus designios. Hagamos oír nuestra voz para que el sufrimiento y las dificultades animen nuestra adhesión a ella en la reconciliación eterna. El corazón de secular trascendencia, para esa renovada y singular transformación, nos lleva a la gozosa emoción de servir. El signo elocuente de la institución nos impone una liberadora unidad. Ese misterio, que se realiza en todo tiempo, prenda será de la grave obligación de retornar a la fe y significación primordiales.

Amen

Al releer su documento es invadido por un orgullo exultante. Hay algo inesperado, como un bullir de mariposas, en su pecho. Entrevé que ya ha comenzado a despejar de obstáculos el abrupto sendero que lo llevará al triunfo. Por fin ha entrado, de propio pié, en una tradición renovada.








1 comentario:

  1. Me encantó el arte de los religiosos de escribir siempre el mismo discurso que no dice nada, me hizo acordar al programa Dr. Abuse, que para todo tiene una contestación, le falta nomás hacer homilías...

    http://www.gratistodo.com/programa_descarga/75/

    Guillermo

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