jueves, 16 de junio de 2011

(32) Confesiones de muchachos

- Hasta mañana, muchachos.
- Hasta mañana, Eubolia.


- Oye Rubén, ¿estás apurado?
- No, ¿por qué?
- Vamos a tomar un café y platicamos, ¿si?
- Sale y vale. ¿Qué tienes?
- Esto no me está gustando nada...
- Ni a mí... ¿pero qué hacemos?
- No lo sé. Pero, lo voy a consultar con mi confesor.
- ¿Te late?
- Con quién, sinó.
- Es que...
- No pensarás que el Padre Renato va a romper el secreto de confesión.
- No, eso, no... Pero... Hacer público algo así...
- ¡No es público! Es una conversación entre Dios, el Padre Renato y yo.
- ¿Qué le dirás?
- Todo.
- ¿Seguro? Incluyéndome a mi...
- Trataré de no hacer referencia a tí, obvio. Pero hay cosas que Monseñor nos llevó a hacer juntos...
- ¡Híjole!
- ¿Le dirás lo de la computadora?
- Sin duda. De ahí saca las ideas.
- ¿Le contarás lo último?
- Qué, ¿lo de los tenis?
- Sí... ¿No se te hace chocante eso hacernos presentar en ropa deportiva y obligarnos a que le caminemos por encima?
- Es repulsivo. Al final, él se queda feliz, pero yo me siento sucio...
- Igual yo...
- Y, después, lo otro...
- Eso ya no se lo voy a contar. Es demasiado...
- Se lo va a imaginar.
- Quizá...
- Se me hace que Eubolia sospecha algo. Lo veo en su mirada cuando llegamos y nos encerramos en la recámara. Y es peor, aún, cuando salimos. Como si buscara leer algo en mi cara.
- Yo he sentido lo mismo. Pero ella es una tumba. Nunca dirá nada, por respeto al Obispo.
-Claro.
- En fin... Mañana será otro día.
- Sí...
- Bye.
 
 
 

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