lunes, 6 de junio de 2011

(23) Un reportero en la curia

- Vengo a entrevistar al señor obispo.
- Soy su asistente, le advierto que está ocupado.
- Es urgente. Se trata del atentado a Doña Lucrecia Zaldívar Batlló y Miramón.
- Permítame que le consulte.


- Señor periodista, puede pasar. Monseñor lo espera en su oficina. La conversación deberá ser breve. Son muchas las tareas pastorales que le aguardan.
- Gracias.


- Monseñor, ¿qué opina del ataque recibido por Doña lucrecia? Tengo entendido que ella fue muy amiga de su hermana (q.e.p.d.) y que lo había visitado recientemente.
- Se trata de una distinguida dama de nuestra sociedad y una mujer de Fe. Estamos muy alarmados y preocupados por su estado de salud.
- ¿Cree Usted que se debió a un asalto común o fue un atentado?
- Cómo saberlo... La inseguridad que nos asuela es inaudita.
- ¿Cuál podría ser el móvil?
- Puedo decirle, claramente, cuál NO fue. Rechazo enérgicamente, y condeno, las versiones que han circulado en nuestro medio.
- ¿Qué versiones? Las desconozco.
- Esos infundios, esas calumnias que se ceban en el buen nombre, e intachable reputación de la señora.
- ¿Podría ser más explícito?
- Personas de mala entraña, difamadores profesionales, gente sin corazón ni respeto, han hecho correr la especie que se trata de un caso  de venganza pasional.
- ¿Ah, sí?
- ¡Mentira! ¿Cómo  va usted a creer que una persona tan respetable como ella, dirigente de la Sociedad para la Moralidad y las Buenas Costumbres A.C., pudiera tener un amante joven al que no satisfizo en sus pretensiones monetarias? ¿Verdad que no?
- Claro...
- Es lo que digo. Tiene que haber otra razón. Algo menos sórdido...
- Le agradezco sus declaraciones, Monseñor.
- De nada, amable periodista. Y sepa usted, que he orado fervorosamente por la pronta recuperación de Doña Lucrecia. Que Dios lo bendiga, tanto a usted, como al medio que representa.
- Gracias, Monseñor.
 
 
 
 
 
 

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