- Oiga Pía, ¿Ujté ya guardó lo que sobró, del jugo de betabel, en el refrigerador?
- Sí, Adela. Lo que separé está aquí, en una jeringa que me quedó de la pobre tía Hilda.
- ¡No me la nombre! Que a la noche siento que me mira... ¡Ay, nanita!
- ¡Qué va! Si era un alma de Dios...
- ¡Por eso!
- Pongámonos contentas. La imagen -pintada con gelatina- ya está lista, y no se nota nada. Si todo va bien, como usted cuenta, se empezará a revelar la figura en una semana. ¡Vivan los hongos, las bacterias y los bichos!
- Ahora acomodemoj la estatua, delante de la "aparición", pa'hacer máj efecto.
- El lugar lo elegimos bien, ¿verdad?
- ¡Seguro! ¡P'a su mecha, no pudo estar mejor! Aquí en el corredor hay humedá, la gente no entra a ninguna habitación y hay un resplandor que no deja ver bien.
- Lo que no me gusta es la idea de cobrar la entrada.
- ¿'Tons qué? ¿De dónde saldrá la lana, pué...?
- Aquí, las personas son recelosas. Les resultaría grosero pagar por ver un milagro. Lo mejor es dejarlo a su voluntad. Ponemos una alcancía frente a la estatua, y que ellos aporten.
- 'Ta bueno... Pero que sea grandototota.
- Tengo una vieja lata de galletas que podemos forrar con estampitas. ¿Qué le parece?
- Ah, su mecha... qué buenaj ideas tiene, Pía.
- ¿Ya quedó todo lijto?
- Perfecto y acomodado.
- Ahora échele unaj gotas del juguito a loj ojo de la virgen, p'a qu'impresione.
- ¡Hecho...!
- Parece de a deveraj, oiga.
- Lo veo y... hasta me dan ganas de hincarme y ponerme a rezar...
- ¡Ah, jijo! ¿No que ya no le importa nada, y la chingada?
- Es que han sido tantos años de creyente...
- ¿Y ahora cómo hacemoj p'a avisarle a las vecinas?
- Usted, Adela, que tiene la voz más fuerte... Salga y dígaselo al mundo.
- 'Ta bueno. ¡¡¡ Milagroooo!!! ¡Milagrooooooooo!!! ¡Milagroooooooooooooooooooooo!!!
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