- Señor Alcalde...
- ¿Monseñor?
- Efectivamente.
- Estoy a sus órdenes. ¿En qué le puedo servir?
- He visto, con sumo interés, sus declaraciones en el noticiero de hoy.
- En momentos difíciles hay que enfrentar a los medios. Pero dígame ¿Qué se le ofrece?
- Su propuesta de inversión en seguridad, me ha parecido admirable.
- Es imprescindible, evidentemente.
- Sin duda. Por eso, quería ayudarle con una sugerencia. A la hora de las adquisiciones, recuerde la compañía constructora con la que el municipio trabajó tanto tiempo...
- Pero... ¿No se verá mal que una constructora participe en contratos de seguridad y compra de vehículos?
- De ninguna manera. Recuerde que la denominación social es: "Constructora y Servicios Múltiples Quid Pro Quo, S.A. de C.V.". Las armas y los automóviles pueden caber en alguno de los numerosos servicios que ofrece.
- Si me permite, Monseñor, no me queda claro cuál es su interés en esto.
- ¡Interés ninguno, mi amigo! Sólo lo hago por el bien de la comunidad y de su propia persona. Se trata de obtener el mayor beneficio de la inversión. Por otro lado, recuerde que los socios propietarios, son muy apreciados por nuestro amado Obispo Diocesano, quien aún se halla en Roma. A su regreso, hecho que todos esperamos con gran ilusión, le complacerá ver que gente de bien ha coadyuvado con el municipio.
- No sé... No sé... En las últimas colaboraciones con la empresa, ha habido disenso.
- ¿En qué?
- Los continuos retrasos en las obras, el incremento presupuestal y -seamos honestos- especialmente sobre las entregas que se habían pactado; muy inferiores a los estándares del mercado. ¿Me explico?
- Le entiendo perfectamente. Si bien, yo no puedo hablar por ellos, porque mis funciones son de naturaleza espiritual, sospecho que podrían extenderse a un quince.
- Es insuficiente, Monseñor. El riesgo que implica tal responsabilidad...
- Recuerde que la avaricia es un pecado.
- La tontería, no. Pero debería serlo...
- Jajaja. Tiene razón. Veinte, entonces.
- No se diga más. No me cabe duda que una recomendación, tan desinteresada y sabia, debe ser tomada en cuenta.
- Me da un enorme gusto haber sido de utilidad. Por cierto...
- Diga Usted.
- Ya hemos hablado de la parte material, pero -como pastor- me preocupa el aspecto espiritual de mi rebaño.
- Por supuesto.
- Vemos -con enorme preocupación- la carencia de valores en la juventud villaflorense. Se multiplican las fiestas llenas de vulgaridad y libertinaje. Las muchachitas salen a la calle -incluso las trabajadoras municipales- vestidas de un modo indecente, carente de decoro. Más parecen mujeres públicas que honestas ciudadanas. Después se quejan del incremento en las violaciones.
- Es verdad, pero, ¿qué podemos hacer? Los jóvenes de hoy...
- ¡Nada! Los jóvenes necesitan una guía firme. Una autoridad que sirva de modelo a sus extraviadas vidas. Hay que acabar con el desorden.
- Tomaré medidas inmediatas, Monseñor.
- Eso espero, por el bien de todos.
- Así se hará.
- Gracias, Alcalde. Me imagino que mañana, a primera hora, se presentará en sus oficinas alguien de la compañía para acordar el contrato. Que Dios lo bendiga.
- Hasta pronto, Monseñor.
- ¡Euboliaaaa!
- Dígame, Monseñor.
- Tráeme una copita de malvasía, que quiero festejar.
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