- Sírveme otra taza de café y trae más galletas. Este programa de debate periodístico es muy interesante. Próximamente, si no es bajo prescripción médica y con receta ar-chi-va-da, quedará prohibida la venta de anticonceptivos. ¡Así se hace! ¡Bien por la familia!
- Monseñor, el Padre Renato está al teléfono.
- ¡Ufffffff, justo ahora! Contestaré en mi oficina, Eubolia.
- ¿Diga?
- Monseñor, tenga muy buenas tardes.
- Qué tal Renato. ¿Qué se te ofrece?
- Espero no importunarlo con mi llamada.
- Estoy preparando una homilía. Tengo un descomunal trabajo por delante, pero no importa. Sacrificaré mis pobres minutos de descanso para atenderte. ¿Es algo de la parroquia?
- No exactamente. Usted sabe... Digo... Como soy Director Espiritual y Confesor de Adrián...
- Eso me queda claro. ¿Entonces?
- Pues... He estado reflexionando... y...
- Ya... Acaba de decirlo.
- Usted sabe que el secreto de confesión sella mis labios.
- Desde luego. Me impacientas... ¿Qué quieres?
- He notado, con enorme preocupación, que la salud espiritual de Adrián se encuentra severamente comprometida.
- ¿Ah, si? ¿Por qué?
- No me es posible revelarlo, usted entiende.
- No, no entiendo nada. ¿Con qué fin me llamas?
- Quisiera poner, a su amable consideración, una humilde solicitud.
- ¿Cuál?
- Que releve a Adrián de estar a su servicio. Le haría mucho bien dedicarse solamente a sus estudios de teología.
- ¿Razones?
- Ehhh... Bueno... Me parece que...
- ¿Te parece, o estás seguro? Acaso consideras que el trabajo de la curia no es importante...
- No, no... Eso, no.
- ¿Y bien?
- Sólo es una sugerencia.
- Siendo así, la voy a tener en cuenta.
- Gracias, Monseñor. Ya no ocupo más su tiempo.
- Por cierto...
- Dígame.
- ¿Cómo haces para tener el cabello tan bien cuidado? Casi no tienes canas, y a tu edad...
- Me hago atender por un peluquero muy bueno.
- A ver... pásame los datos.
- Se llama Christian, y su teléfono es el 4968-3127.
- Ya lo anoté. Buenas tardes.
- Gracias nuevamente, Monseñor.
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