domingo, 5 de junio de 2011

(22) Las cocadas

- Hola Pía. ¿Está mi prima?
- Pasa, Eubolia. Adela está en la cocina terminando unos dulces de coco. Yo voy de salida.
- Qué bien que esté ocupada. Y qué rico... Le salen buenísimos.


- ¡Euboliaaaa! Mira que delicia preparé.
- ¡¡¿Quéééééé?!!
- Cocadas, pué...
- ¡De dónde sacaste ésto!
- Loj coco... Loj traje del pueblo...
- ¡Eso ya lo sé! ¡Las cubiertas, digo!
- ¿Las galletas? Son p'a que no se pegostreen...
-  ¡Jesús me ampare! ¡¿De dónde las sacaste?!
- El otro día... Cuando t'ejtuve ejperando...
- ¿No me dijiste que te habías quedado sentadita?
- Ya no aguantaba laj nagaj Eubolia. Así que salí a dar una vuelta. Encontré una como iglesia.
- La capilla reservada de Monseñor.
- Si. Na' máj abrí la cajita de metal ésa. Una bonita, con la llavecita como de oro...
- ¡¿El Sagrario?!
- No sé cómo se llame, pué... Esa, que dentro tiene un copón.
- ¡El cáliz!
- Y saqué unaj galletas. Ejtaban tan bonitaj y blancas, que me dije: "Me voy a llevar unaj cuantaj p'hacer mis delicias de coco".
- ¡¿Quééééé?!
- Vieras que así no se pegan y quedan bien formaditas.
- ¡¡¡Pero, eran las Hostias Consagradas que Monseñor destina al Viático!!!
- Eso sí no sé. Como no se les nota nada...
- ¡A mí, me da un ataque!
- Yaaaa, los dulces quedaron retesabrosos, ¿a poco no?
 
 
 

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