- Con ejta entradera y salidera de gente, el negocito va viento en popa. Pero sí que cansa, ¿eh? No he parado de fingir que rezo todo el tiempo, chingao.
- Igual yo. Me voy a servir un refresco, ya estoy agotada.
- Oiga, Pía. ¿Me traería un café de la cocina? Me quedaré vigilando a esa vieja de verde, porque se me hace que quiere meter la mano en la lata, la muy cabrona...
- ¿Por qué dice eso, Adela?
- Hace un rato se echó encima de la ejtatua qu'ejque p'a secarle laj lágrimas... Pero tenía la vista fija en la alcancía.
- Ah, caray.
- La tuve que detener. Cómo hay gente sinvergüenza, ¿eh?
- ¡Qué barbaridad! Mire que aprovecharse de la pobre Virgen Santísima... Voy por el café.
En la pared del fondo, la luz de la tarde comienza a reflejarse con tonos dorados. De pronto, como animadas por un mensaje celestial, dos cochinillas de humedad se dirigen prontamente a una mancha oval que comienza, poco a poco, a revelarse. Se detienen a pocos centímetros de distancia una de la otra. Al ver eso, una de las señoras, que devotamente se hallan orando, codea a su vecina.
- Oiga. ¿Ya vió que en la pared pareciera que hay una figura?
- ¿Dónde? Sin mis lentes no veo bien, deje que me los ponga...
- Allá, al fondo. Detrás de la estatua de Nuestra Madre Santísima.
- A ver... ¡De veras, oiga! Hasta se le notan los ojos.
- ¡En serio! Esta es otra señal... ¡Aquí, frente a nosotras se está produciendo otro milagro!
- ¡Jesús me ampare! ¡¡¡ Milagrooo!!! ¡¡¡ Milagroooooooooo!!!
Los asistentes comienzan a agitarse y murmurar. Pía vuelve corriendo de la cocina y por poco vuelca el café sobre un pequeño que mira la escena asustado. Descubre, divertida, que las cochinillas se han parado justo en la zona correspondiente a los ojos que dibujó con gelatina. Además, los hongos, por la humedad ambiente y el medio nutritivo, ya están delineando el manto. Adela y Pía intercambian una mirada cómplice y contienen la risa. Un nuevo prodigio ha comenzado a suceder a la vista de todos.
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