Es difícil contar cómo suceden ciertas cosas. Ni yo mismo recuerdo el episodio con claridad. Creo que fue a orillas de la laguna de Catemaco donde se me apareció. Era algo espantoso. Indefinible. Una especie de sombra corporizada. Un ser que causaba espanto.
Alguien me recomendó que acudiera a un curandero local. Un conocido brujo, a quien consulté preocupado. Me hizo muchas preguntas sobre la inquietante figura. Si era parecida a un hombre, a una mujer, a un niño, o quizá a un animal. Le expliqué que era una criatura pequeña, como una bestia. Pero estaba seguro que se trataba de otra cosa.
El brujo, decidido a ayudarme, empezó la ceremonia. Primero, con varios objetos hizo gestos amenazantes. Luego, mientras giraba en círculos, repetía palabras extrañas con ritmo de tambor. Cortaba el aire con unas tijeras, como si matara serpientes. Echó ceniza, escribió en una pizarra y cantó. Con una afilada aguja atravesó repetidamente un oscuro muñeco de tela, gastado por el uso. Hizo una mueca repugnante y dio un chillido final.
Asustado salí a respirar el aire de la noche. Él vino detrás. Le pregunté si ya estaba terminado el hechizo. Me pidió paciencia. De pronto, con los ojos desorbitados, me gritó: ¡Murió!
Este blog comenzó con ideas personales, microcuentos, e historias diversas. Al paso del tiempo, unos relatos empezaron a enlazarse con otros y los personajes cobraron vida propia; si bien, me cuesta transcribir su forma de hablar y elegir sus aventuras (tienen muchas más de las que escribo). Tal como va, se está configurando una “blogonovela” (versión electrónica de los populares folletines del siglo XIX). Si a alguien le divierte este blog que lo exprese, y -sinó- que calle para siempre...
jueves, 28 de abril de 2011
martes, 26 de abril de 2011
A contraluz
A pesar de su aridez el paisaje es armonioso, de una belleza algo extraña. Sobre las elevadas y ocres montañas resplandece el cielo con un azul casi falso, como de escenografía. De frente un sol enceguecedor brilla como si fuera de acero fundido. Mientras que al fondo, entre unos peñascos sombríos, vagamente se percibe a una gran multitud encaminándose hacia un punto que no puedo identificar por estar a contraluz. Al acercarme descubro que, despacio, como si no hubiera nada más que hacer, casi despreocupadamente, la gente se demora para descender los toscos peldaños de una gran escalinata de piedra. Sediento y sin otro rumbo posible, me dirijo hacia el único camino practicable.
Impaciente por las involuntarias detenciones de la muchedumbre, con agilidad me voy abriendo paso hacia abajo. Al cabo de un tiempo me sorprende descubrir que los escalones parecen seguir la curva abrupta del abismo, volviéndose cada vez más altos y estrechos. Con gran dificultad continúo la marcha tratando de guardar el equilibrio. La brillante luz frontal no me permite distinguir ni el paisaje ni el fondo. Sólo puedo ver un corto tramo de escalera, donde permanecen algunas personas detenidas a los lados, como indefinidos bultos oscuros.
La pendiente aumenta cada vez más. Hasta ahora se parecía a las escabrosas escalinatas de algunas pirámides mayas, pero ésta es aún mucho peor. El aire seco aumenta mi sed y me cuesta respirar. Me pregunto cuánto más durará este descenso. A pesar de la angustia debo seguir bajando. Comprendo que ya no hay regreso posible.
Los escalones se han constreñido y alzado, pero también la escalera misma se ha vuelto angosta. Apenas queda el paso libre entre las pocas personas que reposan con el cuerpo prácticamente en posición vertical.
Tiempo después, entrecerrando con fuerza los ojos entiendo que los bultos son eso y nada más. Exhiben la piel descarapeladada moviéndose tristemente al viento.
No sé cuántos cuerpos habré dejado atrás. Ahora la pendiente es tan violenta que temo resbalar en cualquier momento y caer al vacío.
Agotado por este vértigo atroz, como los otros, me debo detener.
Impaciente por las involuntarias detenciones de la muchedumbre, con agilidad me voy abriendo paso hacia abajo. Al cabo de un tiempo me sorprende descubrir que los escalones parecen seguir la curva abrupta del abismo, volviéndose cada vez más altos y estrechos. Con gran dificultad continúo la marcha tratando de guardar el equilibrio. La brillante luz frontal no me permite distinguir ni el paisaje ni el fondo. Sólo puedo ver un corto tramo de escalera, donde permanecen algunas personas detenidas a los lados, como indefinidos bultos oscuros.
La pendiente aumenta cada vez más. Hasta ahora se parecía a las escabrosas escalinatas de algunas pirámides mayas, pero ésta es aún mucho peor. El aire seco aumenta mi sed y me cuesta respirar. Me pregunto cuánto más durará este descenso. A pesar de la angustia debo seguir bajando. Comprendo que ya no hay regreso posible.
Los escalones se han constreñido y alzado, pero también la escalera misma se ha vuelto angosta. Apenas queda el paso libre entre las pocas personas que reposan con el cuerpo prácticamente en posición vertical.
Tiempo después, entrecerrando con fuerza los ojos entiendo que los bultos son eso y nada más. Exhiben la piel descarapeladada moviéndose tristemente al viento.
No sé cuántos cuerpos habré dejado atrás. Ahora la pendiente es tan violenta que temo resbalar en cualquier momento y caer al vacío.
Agotado por este vértigo atroz, como los otros, me debo detener.
lunes, 25 de abril de 2011
El comerciante mexica
Fíjate Ixtlixóchitl que un pinche soldado de la Castilla me cambió un
grano de oro por un espejito. Él cree que me estafó, y se fue muy
sonriente pensando "¡qué indio más bruto!". Lo que no sabe es que
yo a ese pedacito de metal lo hubiera podido transar por cinco
guajolotes, mientras por el espejito, que aquí es una novedad, me
darán diez. ¿Quién dice que perdí, pues?
grano de oro por un espejito. Él cree que me estafó, y se fue muy
sonriente pensando "¡qué indio más bruto!". Lo que no sabe es que
yo a ese pedacito de metal lo hubiera podido transar por cinco
guajolotes, mientras por el espejito, que aquí es una novedad, me
darán diez. ¿Quién dice que perdí, pues?
miércoles, 20 de abril de 2011
Las empresas bananeras
Durante mucho tiempo se habló de las administraciones fallidas (hasta cierto punto, según se vea) de las "repúblicas bananeras" cuyos dirigentes políticos se apoderaban de los bienes nacionales a su gusto. En ellas, el pueblo ha funcionado como un mero espectador del saqueo de sus dirigentes, sin poder modificar el esquema depredatorio de "su" propio país.
Por otro lado, en 1989 se cerró el ciclo de los experimentos socialistas que iniciaron con el siglo XX. Las burocracias "socialistas" (especialmente del este de Europa) demostraron su incapacidad para el bienestar general, pero una alta eficiencia en el enriquecimiento personal, así fuera a costa de las libertades individuales.
Desde hace varios años he venido observando el mismo proceso en el capitalismo "neoliberal" que aún persiste; y que -en honor a la verdad- debería ser llamado "neocapitalismo". Sorprende que ese tema no reciba una adecuada atención por parte de los economistas ortodoxos (tan buenos para explicar por qué pasó, lo que pasó, pero tan malos para predecir el futuro).
No hay que ser un genio en historia económica para comprender el gran cambio cualitativo del capitalismo de fin de siglo XIX comparado con el de fines del siglo XX. En el primero, grandes empresas (en su mayoría productoras de bienes tangibles) eran creadas por un propietario que controlaba de manera personal sus intereses. Quizá tuviera algunos socios (muchas veces de su propia familia), pero estaba claro que el progreso de su fortuna dependía, directamente, de la salud de la compañia.
Con los años, el concepto original de "industria" se extendió a la banca, los seguros, el transporte, el cambio de moneda, las calificadoras, etc., hecho que aún no entiendo cómo puede justificarse teóricamente; como si fuera lo mismo producir bienes de valor agregado -como automóviles- que mover dinero, papeles en la bolsa o calificar a gobiernos soberanos. ¿Acaso transar títulos en la bolsa causa impuestos? Porque fabricar libros, discos, medicamentos o alimentos, sí.
Además, las grandes empresas fueron pulverizando su propiedad en multitud de accionistas. Hacia el fin del siglo XX, se llegó al extremo de que podían tener miles de propietarios, divididos en fondos de pensiones, grupos de inversión, etc. Sobra mencionar que todos ellos sin ninguna posibilidad de control real sobre las compañías de las cuales eran los verdaderos "propietarios". La leyenda urbana de una venerable anciana capaz de interrumpir una junta de gobierno de General Motors, por poseer una acción de la empresa, es sólo eso, un cuento simpático.
En este punto nos hallamos en la situación inicial. Un "pueblo de accionistas" y unos administradores burocráticos que pueden hacer lo que quieran con una propiedad que no les pertenece. La similitud entre una "república bananera" y una "empresa bananera" es evidente. Los ejecutivos se asignan salarios de escándalo, bonos anuales de sátrapa y -en caso de quiebra o despido- la seguridad de recibir un "golden parachute" millonario.
No hay duda que muchas compañías aún son relativamente honestas con sus auténticos propietarios capitalistas. También, muchos países -aún pequeños- no son "repúblicas bananeras". Pero el mecanismo está ahí, intacto. Y lo seguiremos viendo cada vez más, por desgracia.
Por otro lado, en 1989 se cerró el ciclo de los experimentos socialistas que iniciaron con el siglo XX. Las burocracias "socialistas" (especialmente del este de Europa) demostraron su incapacidad para el bienestar general, pero una alta eficiencia en el enriquecimiento personal, así fuera a costa de las libertades individuales.
Desde hace varios años he venido observando el mismo proceso en el capitalismo "neoliberal" que aún persiste; y que -en honor a la verdad- debería ser llamado "neocapitalismo". Sorprende que ese tema no reciba una adecuada atención por parte de los economistas ortodoxos (tan buenos para explicar por qué pasó, lo que pasó, pero tan malos para predecir el futuro).
No hay que ser un genio en historia económica para comprender el gran cambio cualitativo del capitalismo de fin de siglo XIX comparado con el de fines del siglo XX. En el primero, grandes empresas (en su mayoría productoras de bienes tangibles) eran creadas por un propietario que controlaba de manera personal sus intereses. Quizá tuviera algunos socios (muchas veces de su propia familia), pero estaba claro que el progreso de su fortuna dependía, directamente, de la salud de la compañia.
Con los años, el concepto original de "industria" se extendió a la banca, los seguros, el transporte, el cambio de moneda, las calificadoras, etc., hecho que aún no entiendo cómo puede justificarse teóricamente; como si fuera lo mismo producir bienes de valor agregado -como automóviles- que mover dinero, papeles en la bolsa o calificar a gobiernos soberanos. ¿Acaso transar títulos en la bolsa causa impuestos? Porque fabricar libros, discos, medicamentos o alimentos, sí.
Además, las grandes empresas fueron pulverizando su propiedad en multitud de accionistas. Hacia el fin del siglo XX, se llegó al extremo de que podían tener miles de propietarios, divididos en fondos de pensiones, grupos de inversión, etc. Sobra mencionar que todos ellos sin ninguna posibilidad de control real sobre las compañías de las cuales eran los verdaderos "propietarios". La leyenda urbana de una venerable anciana capaz de interrumpir una junta de gobierno de General Motors, por poseer una acción de la empresa, es sólo eso, un cuento simpático.
En este punto nos hallamos en la situación inicial. Un "pueblo de accionistas" y unos administradores burocráticos que pueden hacer lo que quieran con una propiedad que no les pertenece. La similitud entre una "república bananera" y una "empresa bananera" es evidente. Los ejecutivos se asignan salarios de escándalo, bonos anuales de sátrapa y -en caso de quiebra o despido- la seguridad de recibir un "golden parachute" millonario.
No hay duda que muchas compañías aún son relativamente honestas con sus auténticos propietarios capitalistas. También, muchos países -aún pequeños- no son "repúblicas bananeras". Pero el mecanismo está ahí, intacto. Y lo seguiremos viendo cada vez más, por desgracia.
Mecanismo de precisión
- Tu puedes hacerlo Barack... ¡Si eres el hombre más poderoso del mundo!
- ¡Shhhhhhh! ¡Baja la voz Michelle! ¿No ves que -seguramente- nos están grabando?
- ¡Shhhhhhh! ¡Baja la voz Michelle! ¿No ves que -seguramente- nos están grabando?
sábado, 16 de abril de 2011
(3) Catalina y el Señor
Catalina Etchegorría y Blanquet era una santa. Siempre se le dijo a Catalinita que, a su edad, se cuidara. Que no diera todo por los pobres. Ninguno le agradecería su trabajo incansable. Pero ella no se detuvo. Siguió con sus reuniones parroquiales, la publicación de folletos, sus cursillos de moralidad. Eso sí, como nunca se casó pudo dedicarse al servicio incansable de su hermano, el ahora Obispo Coadjutor de Villa de las Flores.
Hay que recordar sus excelentes trabajos sobre la santa castidad, la invalidez de los métodos anticonceptivos, la falta de fe de la juventud, el valor del pudor, el misterio de los corazones traspasados, la pureza de los matrimonios blancos, el autosacrificio sacramental, la promiscuidad de los anteconsortes, la mutua donación de los congénitos fratinos, y tantos otros temas interesantes y valiosos. Pensar que ahora llegó la hora de su inhumación... Q.E.P.D.
Pero ella, tal como lo esperaba, no está realmente muerta. Hay algo en el más allá. La recibe el mismísimo Dios, representado por un señor de edad mediana, vulgar, vestido como mecánico de barrio y con cierto atractivo masculino.
Cae de rodillas ante el Señor. Él, con un gesto la hace levantar, la invita a sentarse (en atención a su artrosis) y comienza a cuestionarla en el terrible Juicio Final.
Dios: (con gesto adusto) -¿Qué hiciste de tu vida, pendeja?
Catalina: (no sale de su asombro) ¿Perdón, Señor? ¿Oí bien? ¿Me dijo una palabra altisonante, o entendí mal? Es que, sabe Usted, últimamente no he estado oyendo bien.
Dios: ¡No te hagas! Bien que me oíste, idiota. ¿A poco crees que no conozco todos tus pinches secretos?
Catalina: (volviéndose a poner de rodillas) -¡Señor, mi Dios bendito! ¿Por qué me hablas así? El Señor odia las palabras vulgares.
Dios: ¿Y tú quién carajo te crees? ¿Cómo te atreves a decir que sabes lo que me gusta y lo que no? Si hay algo que aborrezco es que hablen en Mi Nombre a lo pendejo. Si hablo así, es porque debo mostrarme ante ti de un modo inteligible. Tu reducida mente nunca podría comprenderme tal cual Soy. Así que decidí -por mis huevos- hacerlo del modo que siempre despreciaste. Parecerme a los léperos que odiabas (o, más bien, decías odiar; porque bien que te fijabas en los fuertes brazos de más de uno que andaba en la calle, y hasta abrías las aletas de la nariz buscando -como perra- su olor a macho joven).
Catalina: -¡Perdón! ¡Perdón! ¡Misericordia! ¡Basta, Señor, no me tortures más! ¡Apiádate de esta pobre alma doliente!
Dios: -Mira, pinche vieja, ya me tienes hasta la madre con tanta hipocresía. ¿Crees que no estoy viendo -en este preciso instante- toda la mierda que tienes en tu podrida cabeza? ¿Crees que me vas a engañar con tu discursito barato de película bíblica?
Catalina: -Pero entonces... ¿Nada de lo que yo creía era cierto? ¿He vivido engañada, acaso?
Dios: -P'os qué te digo... Viviste con una venda en los ojos. Venda bien apretada por ti misma, por cierto. Con el corazón seco. El espíritu lleno de odio y envidia. Desaprovechaste todas las oportunidades que te di para ser feliz. Dabas lecciones de moral sobre lo que no conocías. Hablabas en Mi Nombre. Fingías una santidad de la que estuviste muy alejada. Decías que me amabas ¡a Mí! cuando -en realidad- te habías armado un ídolo con cara de estampita y espíritu de fraile inquisidor. ¡No me jodas!
El Señor, rojo de la ira, acciona una palanca en su escritorio y -súbitamente, en medio de un humo negro- se abre el suelo bajo Catalinita.
viernes, 15 de abril de 2011
(2) Una tradición renovada
El seminarista acciona la herrumbrosa llave que le permite el acceso a los aposentos reservados de la curia. En la penumbra se dirige de puntillas a la recámara y descorre las pesadas cortinas. De camino, automáticamente enciende la computadora para poder pasar en limpio los documentos del día. Entre cojines, casi sentado, el Obispo aún duerme resoplando. El aire viciado, por una mala digestión, no es precisamente un ejemplo de olor a santidad. Habrá que entreabrir las ventanas. En apariencia, agotado por la ingente tarea de elaborar la homilía del domingo, sobre el escritorio se hallan abandonadas varias tazas de café junto a los papeles en desorden.
- Monseñor... ¿Pasó Usted una buena noche?
Mientras se incorpora pesadamente, responde en un hilo de voz:
- Con dulzura...
- Veo que ha trabajado hasta tarde, Monseñor. ¿Quedó lista la homilía?- ¡Será elocuente!
- ¡Qué maravilla! Me imagino que contiene nuevos conceptos... Contendrá frescas e iluminadoras ideas.
- Nuevas y accesibles a la razón.
- ¿Puedo leerla?
- No es un misterio...
El seminarista, casi temblando, toma las hojas entre sus manos y lee ávidamente:
Queridos hermanos y hermanas:
Quiero hoy, aquí, rendir testimonio de las fuentes vivas de la fe y de su fuerza liberadora. Gocemos, con alegría y esperanza renovada, la demostración de una perfecta adhesión a ella. Con un espíritu de apertura, atento y fervoroso, veremos el resplandor que ilumina la belleza de la verdad y de sus obras. Ese misterio, que se realiza en todo tiempo, nos impone la grave obligación de retornar a la tradición y significación primordiales. Es una fuente de luces siempre nuevas y accesibles a la razón, lo que no basta para que solicitemos, con humildad, nuestra participación en los frutos de sus designios. Es, a no dudarlo, el corazón del hombre quien con dulzura ha sido llamado para sufrir esa singular transformación. El sacrificio, como toda obra fecunda, nos lleva a la gozosa emoción de servir. Será el elocuente signo de la unidad y prenda de una antigua institución de trascendencia secular. Hagamos oír nuestra voz para que el sufrimiento y las dificultades animen nuestra eterna confianza en la reconciliación.
Amen
Al terminar, el joven novicio reposa amorosamente las hojas sobre el escritorio y con una sonrisa perfecta le expresa, de modo tácito, su total admiración. Sin duda, se trata de una brillante pieza de oratoria que hará estremecer de emoción a los feligreses. El bello discurso, su depurado estilo y la profundidad del mensaje lo han conmovido. Súbitamente sigue el impulso de arrodillarse y besar la piadosa mano capaz de plasmar una exégesis tan sublime.
- ¡Es extraordinaria, Monseñor! Permítame darle mis más calurosas felicitaciones. No sólo será fuente inspiradora para los asistentes, sino envidia de muchos Señores Obispos... Jajaja.
- Con humildad y emoción de servir...- Pero veo que sobre la mesita auxiliar hay aún más papeles... ¿Acaso otra homilía? ¿La de la semana siguiente?
- Es nuestra esperanza...
- Demasiado trabajo para Usted.
- ¡Basta! Se realiza todo el tiempo...
- ¡Ha hecho un esfuerzo sobrehumano, Monseñor! Qué digo sobrehumano... ¡Sobrenatural!
- Las dificultades son siempre nuevas.
- ¿Puedo leerla?
- A no dudarlo... Con confianza.
El seminarista toma el manuscrito y con deleite se demora en la lectura que, apenas en unos minutos, deberá guardar protegida para la posteridad.
Hermanas y hermanos queridos:
Con renovada esperanza gocemos el elocuente signo de la reconciliación. Será el corazón del hombre, y el resplandor de toda obra fecunda, ese misterio que no basta para que solicitemos el sacrificio de sus frutos. Lo veremos en el fervoroso sufrimiento, de luces siempre nuevas. Nuestra participación es, a no dudarlo, una fuente para la gozosa emoción de servir y prenda de trascendencia. Como una antigua institución secular, con dulzura ha sido llamado para sufrir esa singular transformación. Las fuentes vivas de la fe, accesibles a la razón y su fuerza liberadora, realiza en todo tiempo los designios de significación primordiales. Quiero que, con humildad, las dificultades animen nuestra apertura y confianza en la demostración de una perfecta adhesión a la tradición eterna. Rendir testimonio, y un espíritu atento, es quien nos lleva hoy a ella, y nos impone la grave obligación de retornar a la unidad. Hagamos oír aquí, con alegría, nuestra voz que ilumina la belleza y la verdad de sus obras.
Amen
- No sé qué decir... Hay tal riqueza en esos textos. Estoy conmovido hasta las lágrimas.
- Lo que nos impone la grave obligación de rendir testimonio.- Veo en Usted una eterna fuente de creación. Un resplandor de fe.
- Nuestra voz ilumina la verdad liberadora.
- ¡Con luces siempre nuevas, Monseñor!
- A sus frutos nos lleva el sacrificio.
- Es una obra fecunda.
- El corazón del hombre ha sido llamado a la reconciliación.
Mientras el obispo se encamina prontamente al baño, el joven -aún pasmado- se dirige a la computadora con el fin de archivar los textos e imprimirlos -con letra grande- para que puedan ser fácilmente leídos en el templo.
Como si se tratara de una sombra malévola trata de alejar la envidia intelectual que le producen esas magníficas piezas. Recuerda con ternura cómo una homilía similar lo encaminó al humilde servicio del obispo. Pero íntimamente se pregunta cuándo será el bendito día que podrá, él mismo, llegar a esas cimas espirituales. Sospecha que aún deberá recorrer un largo camino de oración, reflexión y estudio.
De pronto siente una súbita inspiración. Acuden a él ideas, pensamientos, intuiciones. Abre un nuevo archivo y -gracias a la comodidad del procesador de textos- transcribe su propia creación:
Queridos, hermanas y hermanos:
Gocemos, la demostración de una perfecta confianza, con humildad, con alegría y esperanza. Veremos cómo, con un espíritu de apertura, el resplandor que ilumina la belleza de la verdad es una fuente de luces siempre nuevas. Quiero rendir testimonio, atento y fervoroso, de las fuentes vivas de la antigua tradición, de su fuerza y de sus obras. A no dudarlo, hoy, aquí, es el sacrificio del hombre, quien con dulzura ha sido llamado a la razón. Toda obra fecunda no basta para sufrir, solicitemos nuestra participación en los accesibles frutos de sus designios. Hagamos oír nuestra voz para que el sufrimiento y las dificultades animen nuestra adhesión a ella en la reconciliación eterna. El corazón de secular trascendencia, para esa renovada y singular transformación, nos lleva a la gozosa emoción de servir. El signo elocuente de la institución nos impone una liberadora unidad. Ese misterio, que se realiza en todo tiempo, prenda será de la grave obligación de retornar a la fe y significación primordiales.
Amen
Al releer su documento es invadido por un orgullo exultante. Hay algo inesperado, como un bullir de mariposas, en su pecho. Entrevé que ya ha comenzado a despejar de obstáculos el abrupto sendero que lo llevará al triunfo. Por fin ha entrado, de propio pié, en una tradición renovada.
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