- No, Rubén. Ya te he dicho que no puedo atender a esa señora... ¡Que vaya con su confesor! Yo no estoy para esas cosas...
- Insiste, Monseñor. Y como es dirigente de la Sociedad para la Moralidad y las Buenas Costumbres A.C., de la cual la señorita Catalina, su hermana, formaba parte...
- ¡Sólo éso nos faltaba! Que presione al obispo para que la confiese...
- ¿Qué le digo, pues?
- Hazla pasar... Me veo obligado.
Entra la altiva Doña Lucrecia Zaldívar Batlló y Miramón. Con paso firme, se dirige a un reclinatorio forrado en terciopelo y se hinca.
- Señora, permítame que me ponga la estola.
- Desde luego, todo debe hacerse del modo correcto ¿no?
- Ave María Purísima...
- Sin pecado concebida.
- ¿Cuánto hace que no te confiesas?
- Desde ayer, Monseñor.
- Siendo así, no tendrás demasiado que referir...
- No crea... A mi confesor sólo le digo naderías, para tenerlo contento. Pero a usted le voy a relatar unas cuantas cosas.
- ¿De qué te acusas, entonces?
- Yo le puse el pié a Catalina.
- ¡¿Cómo?!
- Lo que oye. Provoqué su caída a la salida de la iglesia, hecho que -finalmente- la llevó a la tumba, pobrecita...
- ¿Y lo dice así, tan tranquila? ¡Causó la muerte de mi santa hermana!
- No exagere, Monseñor... Bien sabe usted que no era ninguna perita en dulce.
- ¡Cómo se atreve!
- Me atrevo, porque estando en confesión, usted me tiene que oír ¿o me equivoco?
- Mhhhh... Así es...
- ¡Ahora, me oye y se calla!
- Pero...
- ¡Pero, nada! Su hermana era una mala persona, no nos hagamos. Hasta usted sintió alivio cuando se quedó solo. Finalmente podía hacer su vida sin "estorbos", digamos.
- No es así... Ella siempre fue un apoyo.
- ¡Qué va! Ni se imagina los horrores que me reveló de usted. Que los seminaristas... Que los retiros... Que los viajes al extranjero... Que las propiedades...
- ...
- Sí... Estoy al tanto de todo.
- ¿Qué quiere de mi?
- La editorial, el programa de televisión, y las accio...
- ¡Eso es imposible!
- ¿Ah, si? ¿Ya se olvidó usted a quién le debe la carrera eclesiástica? Mi padre, el Lic. Zaldívar, por si no lo recuerda, lo bajó del cerro y mantuvo sus estudios en el seminario. De no haber sido así, seguiría usted criando borregos en un rancho. ¿O qué?
- ¡Esto es intolerable! ¡No voy a soportar sus ofensas!
- ¿Ajá? ¿Y me va a negar el Sacramento de la Reconciliación? ¡Sólo eso bastaba! Su falta de clase y vulgaridad se aproximan a su poco profesionalismo.
- ¡Yo soy el obispo!
- Me importa poco... Usted, debería entender que nuestra familia, una de las fun-da-do-ras de la nación, está por encima -digamos- de las convenciones. Las creencias del pueblo y la sencillez de sus costumbres no nos tocan. Lo que es intolerable, es la falta de orden...
- A sus pecados debo agregar el cinismo...
- Como quiera. Me importa un comino su opinión. Lo que quiero, en realidad, es la mitad de las acciones de la constructora. La editorial y el programa son seulement pour la galerie...
- Es que... Es que...
- Es que, nada. ¿Sí o no?
- Me tiene acorralado. Déjeme y veo cómo.
- Véalo rápido. Me voy a New York la semana entrante.
- Sí, señora.
- Ahora, la absolución ¿no?
- Ego te absolvo in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
- Amen.
Este blog comenzó con ideas personales, microcuentos, e historias diversas. Al paso del tiempo, unos relatos empezaron a enlazarse con otros y los personajes cobraron vida propia; si bien, me cuesta transcribir su forma de hablar y elegir sus aventuras (tienen muchas más de las que escribo). Tal como va, se está configurando una “blogonovela” (versión electrónica de los populares folletines del siglo XIX). Si a alguien le divierte este blog que lo exprese, y -sinó- que calle para siempre...
martes, 31 de mayo de 2011
lunes, 30 de mayo de 2011
(16) La prima
- Ay, Pía. ¡Ay, Pía...!
- ¿Qué tienes Eubolia? Te noto muy alterada.
- Figúrate que viene mi prima Adela.
- ¿Y eso qué?
- No, no te imaginas... Es una metiche tremenda.
- ¿Cómo?
- No sé si te conté que soy originaria de Sontecomapan.
- ¿A poco? Con razón tu acento no se me hacía de aquí...
- Tiene tantos años que me vine para la sierra, que no se me nota tanto.
- ¿Y qué pasa con tu prima?
- Me mandó una carta. Dice que viene a visitarme.
- Qué bien. ¿Ver a la familia es agradable, no?
- Pero ella... Pero, ¡justo ella!
- ¿Es mala?
- Nooooo, es un alma de Dios. Pero muy impertinente y... ¿cómo decirlo...?
- ¿Costeña?
- ¡Eso m'hija! ¡Costeña, de las bravas!
- Ay, Señor...
- Tiene la teoría que, ya que a curas y monjas se les dice "padre" y "madre", deberían casarse entre ellos para hacerlo realidad. ¿Te imaginas?
- ¡Híjole!
- No puedo alojarla aquí... Monseñor no la soportaría.
- No, p'os no.
- ¿Qué voy a hacer?
- Si quieres -digo- yo puedo alojarla en casa...
- ¿Harías eso por mí, Pía?
- Seguro... No es peligrosa, ¿no?
- Para nada... Ya te dije, es buenísima. Pero muy... muy... Bueno, ya la conocerás.
- ¿Qué tienes Eubolia? Te noto muy alterada.
- Figúrate que viene mi prima Adela.
- ¿Y eso qué?
- No, no te imaginas... Es una metiche tremenda.
- ¿Cómo?
- No sé si te conté que soy originaria de Sontecomapan.
- ¿A poco? Con razón tu acento no se me hacía de aquí...
- Tiene tantos años que me vine para la sierra, que no se me nota tanto.
- ¿Y qué pasa con tu prima?
- Me mandó una carta. Dice que viene a visitarme.
- Qué bien. ¿Ver a la familia es agradable, no?
- Pero ella... Pero, ¡justo ella!
- ¿Es mala?
- Nooooo, es un alma de Dios. Pero muy impertinente y... ¿cómo decirlo...?
- ¿Costeña?
- ¡Eso m'hija! ¡Costeña, de las bravas!
- Ay, Señor...
- Tiene la teoría que, ya que a curas y monjas se les dice "padre" y "madre", deberían casarse entre ellos para hacerlo realidad. ¿Te imaginas?
- ¡Híjole!
- No puedo alojarla aquí... Monseñor no la soportaría.
- No, p'os no.
- ¿Qué voy a hacer?
- Si quieres -digo- yo puedo alojarla en casa...
- ¿Harías eso por mí, Pía?
- Seguro... No es peligrosa, ¿no?
- Para nada... Ya te dije, es buenísima. Pero muy... muy... Bueno, ya la conocerás.
domingo, 29 de mayo de 2011
(15) Otra prueba de pureza
- Estoy muy preocupada Pía.
- ¿Por monseñor?
- Sí, m'hija. Hace demasiados sacrificios...
- ¿Como qué?
- Hace dos días me dijo: "Eubolia, quiero que para la tarde me tengas listos unos buñuelos de viento, con miel de piloncillo, claro. También las galletas de anís que tanto me gustan. No deben faltar unos camotes rellenos de piñón. Si no te da tiempo de prepararlos, consígueme unas palanquetas, muéganos, alegrías y jamoncillos. Haz el chocolate con leche a la española, ya sabes que es mi debilidad".
- ¿Y a poco se comió todo eso?
- No, m'hija... Eso es lo raro.
- ¿Cómo?
- Una vez que tuve la mesa puesta para la merienda, con todas esas delicias, se paró a un lado viéndolas con fruición.
- ¿Y?
- Luego de un buen rato me dice: "Levanta todo y llévalo al asilo. No he de comer nada de esto. No lo merezco. Será mi sacrificio".
- ¿A poco?
- Y esto no paró ahí...
- ¿Más?
- Ayer llegaron los seminaristas muy temprano. A diferencia de otras ocasiones, en que visten de modo informal, se pusieron las sotanas y el alzacuello. El pelo bien repeinado con gel. Y lo que me alarmó era el rostro tan solemne que traían.
- ¿Qué sería?
- En cuanto los vió me dijo: "Eubolia, que nadie me moleste, estaré tratando unos graves asuntos con los jóvenes". Y se encerró con ellos en su recámara.
- ¿Y qué pasó?
- Figúrate que me quedé de lo más intrigada...
- Sobre todo después de lo que viste hace unos días.
- ¡Exacto! Así que me subí al ático. Allí, entre unas tablas se puede ver, por una grieta del falso plafón, lo que ocurre abajo.
- ¡No digas!
- No es que yo quiera espiar, es una cuestión de seguridad... No sea que en algún momento tenga que asistir a monseñor y no sepa si entrar o no. ¿Qué tal si le da un infarto y no me entero?
- Eso, sí... ¿Entonces?
- Monseñor estaba de rodillas, sin la camisa, y con los brazos en cruz.
- ¿Y los jóvenes? ¿También sin camisa?
- Noooooooo. ¿Cómo crees? Con la sotana completa y el alzacuello. Pero...
- ¿Qué?
- Con unos largos cinturones de cuero negro, alternativamente, le dieron una azotaina espantosa. Tenía toda la espalda cruzada por los latigazos, y hasta le salía sangre.
- ¡Qué horror! ¿Y no se quejaba?
- Vieras que no.
- ¿No?
-Tenía un rostro de beatitud... Casi te diría que se hallaba en éxtasis. ¿Ves que es un santo?
- Si, claro.
- ¿Por monseñor?
- Sí, m'hija. Hace demasiados sacrificios...
- ¿Como qué?
- Hace dos días me dijo: "Eubolia, quiero que para la tarde me tengas listos unos buñuelos de viento, con miel de piloncillo, claro. También las galletas de anís que tanto me gustan. No deben faltar unos camotes rellenos de piñón. Si no te da tiempo de prepararlos, consígueme unas palanquetas, muéganos, alegrías y jamoncillos. Haz el chocolate con leche a la española, ya sabes que es mi debilidad".
- ¿Y a poco se comió todo eso?
- No, m'hija... Eso es lo raro.
- ¿Cómo?
- Una vez que tuve la mesa puesta para la merienda, con todas esas delicias, se paró a un lado viéndolas con fruición.
- ¿Y?
- Luego de un buen rato me dice: "Levanta todo y llévalo al asilo. No he de comer nada de esto. No lo merezco. Será mi sacrificio".
- ¿A poco?
- Y esto no paró ahí...
- ¿Más?
- Ayer llegaron los seminaristas muy temprano. A diferencia de otras ocasiones, en que visten de modo informal, se pusieron las sotanas y el alzacuello. El pelo bien repeinado con gel. Y lo que me alarmó era el rostro tan solemne que traían.
- ¿Qué sería?
- En cuanto los vió me dijo: "Eubolia, que nadie me moleste, estaré tratando unos graves asuntos con los jóvenes". Y se encerró con ellos en su recámara.
- ¿Y qué pasó?
- Figúrate que me quedé de lo más intrigada...
- Sobre todo después de lo que viste hace unos días.
- ¡Exacto! Así que me subí al ático. Allí, entre unas tablas se puede ver, por una grieta del falso plafón, lo que ocurre abajo.
- ¡No digas!
- No es que yo quiera espiar, es una cuestión de seguridad... No sea que en algún momento tenga que asistir a monseñor y no sepa si entrar o no. ¿Qué tal si le da un infarto y no me entero?
- Eso, sí... ¿Entonces?
- Monseñor estaba de rodillas, sin la camisa, y con los brazos en cruz.
- ¿Y los jóvenes? ¿También sin camisa?
- Noooooooo. ¿Cómo crees? Con la sotana completa y el alzacuello. Pero...
- ¿Qué?
- Con unos largos cinturones de cuero negro, alternativamente, le dieron una azotaina espantosa. Tenía toda la espalda cruzada por los latigazos, y hasta le salía sangre.
- ¡Qué horror! ¿Y no se quejaba?
- Vieras que no.
- ¿No?
-Tenía un rostro de beatitud... Casi te diría que se hallaba en éxtasis. ¿Ves que es un santo?
- Si, claro.
sábado, 28 de mayo de 2011
(14) La versión de Lupita Cassandra
- Pero ¡m'hija! ¿Qué te pasó en el pelo?
- Ay tía... Me cortaron las rastas en casa de mi amigo Charly.
- ¡¿Por qué?!
- Viera tía... Fui a una fiesta ¿no? Allí todo iba bien. Los chavos oyendo música, tomando refrescos y agua, como Dios manda.
- Claro, Lupita. O... bueno... el Óxil, según yo...
- De pronto, que llegan dos amigos nuevos de Charly. Muy guapos, ambos. Y que me pongo a platicar con ellos.
- ¿Y eso qué tiene de malo?
- Nada, tía. Por eso le digo... Pero, tanto a Charly como una chava llamada Wendy, parece que les enojó que los chicos me dieran conversación.
- ¡Vaya!
- Pasado un rato, me sentí algo cansada. Ya ve que las fiestas, a veces, abruman.
- Sí, m'hija...
- Así que me recosté un rato en el sofá para descansar. Entre tanto, los demás invitados platicaban y oían música.
- Todo muy tranquilo, por lo visto.
- ¡Claro tía!
- ¿Entonces?
- Cuando me despierto... Voy al baño ¿y qué cree? ¡En el espejo, descubro que me habían mal cortado las rastas con una tijera!
- ¡Qué barbaridad! ¿Y, por qué?
- No sé, tía... Celos, supongo.
- ¡Qué cosa!
- Así que tuve que ir con Christian, a que me rapara completa. Tal como estaba, parecía loca de hospicio.
- ¿Y en tu casa qué dijeron?
- Nada... Como no saben de modas...
- Ya no irás más a esas fiestas, me imagino.
- ¿Cómo cree? Son mis amigos...
- Ay tía... Me cortaron las rastas en casa de mi amigo Charly.
- ¡¿Por qué?!
- Viera tía... Fui a una fiesta ¿no? Allí todo iba bien. Los chavos oyendo música, tomando refrescos y agua, como Dios manda.
- Claro, Lupita. O... bueno... el Óxil, según yo...
- De pronto, que llegan dos amigos nuevos de Charly. Muy guapos, ambos. Y que me pongo a platicar con ellos.
- ¿Y eso qué tiene de malo?
- Nada, tía. Por eso le digo... Pero, tanto a Charly como una chava llamada Wendy, parece que les enojó que los chicos me dieran conversación.
- ¡Vaya!
- Pasado un rato, me sentí algo cansada. Ya ve que las fiestas, a veces, abruman.
- Sí, m'hija...
- Así que me recosté un rato en el sofá para descansar. Entre tanto, los demás invitados platicaban y oían música.
- Todo muy tranquilo, por lo visto.
- ¡Claro tía!
- ¿Entonces?
- Cuando me despierto... Voy al baño ¿y qué cree? ¡En el espejo, descubro que me habían mal cortado las rastas con una tijera!
- ¡Qué barbaridad! ¿Y, por qué?
- No sé, tía... Celos, supongo.
- ¡Qué cosa!
- Así que tuve que ir con Christian, a que me rapara completa. Tal como estaba, parecía loca de hospicio.
- ¿Y en tu casa qué dijeron?
- Nada... Como no saben de modas...
- Ya no irás más a esas fiestas, me imagino.
- ¿Cómo cree? Son mis amigos...
viernes, 27 de mayo de 2011
(13) Dos viejos amigos
- ¡Rubencito! Tanto tiempo de no verte.
- ¿Qué onda Christian?
- ¿Qué haces tan temprano en la calle? Y encima vestido de cura... Jajajajaja.
- Ya ves... Desde que soy asistente del obispo tengo muchas obligaciones. Me citó con urgencia. ¿Y tu?
- Voy para la estética, mi amosh. Anoche fui a la fiesta del Charly y no dormí nada...
- ¿Y qué tal se puso?
- La loquiur... Al principio todo iba bien, pero terminó como cena de negros...
- No me digas... Por suerte, la gracia divina me ha apartado de ese universo de sensualidad mundana.
- Bueno, tampoco es para tanto, ¿eh? Pero, sí. Pasamos de la fiesta al aquelarre en cosa de minutos.
- ¿Por qué?
- La Wendy y la Cassandra que se ponen bien pachecas, güey.
- Para variar...
- Y como el Charly había invitado a unos chichifos nuevos, éstas que se los agandallan.
- ¡Válgame!
- Empezaron las discusiones... Como dijera Paulina: "¡Ese hombre es míooo, míooo, míooo...!". Ya te imaginarás...
- ¿Y los demás invitados?
- Valió madre... Todos bien pedos... Nadie se metió, güey. A las morras no había quién las parara.
- Uyyyyy.
- Luego de unos jaloneos y catorrazos bien cabrones, se quedaron dormidas. Yo, cuando me desperté, me metí al baño (que estaba hecho un asco). Me aclaré un poco el rostro y aquí me tienes, rumbo al trabajo, ni modo.
- Vaya... Tampoco estuvo tan diferente de otras veces ¿no?
- No, claro... Lo de siempre, ya sabes.
- Bueno, te dejo Christian. Monseñor me espera.
- A ver qué día pasas por la estética. Ese pelo tan relamido no te sienta bien...
- No lo creo necesario. Me interesa, mucho más, el desarrollo del espíritu que la vil y frívola apariencia.
- P'os qué pena... Porque estás bien galán, güey.
- Como dice monseñor: "El sacrificio, como toda obra fecunda, nos lleva a la gozosa emoción de servir. El sufrimiento y las dificultades animan el corazón del hombre".
- Órale. Tu vida se ha vuelto demasiado tranquila, Rubencito.
- Digamos que sí... Bye.
- Ciaooo.
- ¿Qué onda Christian?
- ¿Qué haces tan temprano en la calle? Y encima vestido de cura... Jajajajaja.
- Ya ves... Desde que soy asistente del obispo tengo muchas obligaciones. Me citó con urgencia. ¿Y tu?
- Voy para la estética, mi amosh. Anoche fui a la fiesta del Charly y no dormí nada...
- ¿Y qué tal se puso?
- La loquiur... Al principio todo iba bien, pero terminó como cena de negros...
- No me digas... Por suerte, la gracia divina me ha apartado de ese universo de sensualidad mundana.
- Bueno, tampoco es para tanto, ¿eh? Pero, sí. Pasamos de la fiesta al aquelarre en cosa de minutos.
- ¿Por qué?
- La Wendy y la Cassandra que se ponen bien pachecas, güey.
- Para variar...
- Y como el Charly había invitado a unos chichifos nuevos, éstas que se los agandallan.
- ¡Válgame!
- Empezaron las discusiones... Como dijera Paulina: "¡Ese hombre es míooo, míooo, míooo...!". Ya te imaginarás...
- ¿Y los demás invitados?
- Valió madre... Todos bien pedos... Nadie se metió, güey. A las morras no había quién las parara.
- Uyyyyy.
- Luego de unos jaloneos y catorrazos bien cabrones, se quedaron dormidas. Yo, cuando me desperté, me metí al baño (que estaba hecho un asco). Me aclaré un poco el rostro y aquí me tienes, rumbo al trabajo, ni modo.
- Vaya... Tampoco estuvo tan diferente de otras veces ¿no?
- No, claro... Lo de siempre, ya sabes.
- Bueno, te dejo Christian. Monseñor me espera.
- A ver qué día pasas por la estética. Ese pelo tan relamido no te sienta bien...
- No lo creo necesario. Me interesa, mucho más, el desarrollo del espíritu que la vil y frívola apariencia.
- P'os qué pena... Porque estás bien galán, güey.
- Como dice monseñor: "El sacrificio, como toda obra fecunda, nos lleva a la gozosa emoción de servir. El sufrimiento y las dificultades animan el corazón del hombre".
- Órale. Tu vida se ha vuelto demasiado tranquila, Rubencito.
- Digamos que sí... Bye.
- Ciaooo.
jueves, 26 de mayo de 2011
(12) Las monjas
- Pasen hermanas. Monseñor ya no tarda. Aquí estoy platicando con Pía ¿La recuerdan verdad? Ella ha trabajado mucho para su obra.
- Ciertamente... Buenas tardes... Pero, hace tiempo que nos tiene abandonadas ¿Verdad, hermana?
Ambas religiosas examinan de arriba abajo a Pía, con gesto desaprobatorio.
- Cuando la apariencia exterior predomina sobre los dones del espíritu, se encoge el corazón del hombre... Vanitas non liberavit.
- ¡Ejém! ¿Por qué no se ponen cómodas? Aquí tengo un chocolatito que les vendría bien con este frío.
- No, no es necesario que nos sentemos. Vamos a esperar a monseñor de pié. Un pequeño sacrificio siempre es apreciado por nuestro Esposo.
- ¡Es que somos tan felices!
- ¡Somos dichosas! Regalamos lo poco que somos, esta pequeñez, esta insignificancia a Nuestro Señor. ¡Él, que es Magnífico e Invencible!
- ¡Por algo lo desposamos...! Nuestra boda no fue como la de las pobres mujeres del mundo... Ellas tienen maridos comunes, hijos, obligaciones... Pero nosotras... ¡Qué va! Somos esposas consagradas y sumisas a Su voluntad. Ofrendadas en cuerpo y alma a Su servicio.
- ¡Totalmente entregadas a Él! ¡Por Él! ¡Para Él!, ¡Ante Él!, ¡Con Él! y ¡En Él!
- Bendito sea nuestro Esposo Celestial...
- Él cuida de nosotras. Nos conforta en nuestras aflicciones. Nos llena y nos complace. Nos alienta a seguirlo y adorarlo.
- ¡¿Y cómo no adorarlo?! Él es el único esposo ver-da-de-ro posible.
- Él siempre está presente... No nos abandona... Nos protege... ¡Nos ama con locura!
- ¡Qué gozo enorme produce orar ante su cuerpo herido y sangrante!
- Somos tan dichosas...
- Tanta alegría no cabe en nuestros corazones...
Llega monseñor, e interrumpe el apasionado discurso de las monjas. Las religiosas le besan respetuosamente el anillo y lo siguen prontamente a las oficinas. Deben tratar el escabroso tema del reparto de los donativos ingresados al convento. Las partes saben que el acuerdo suele llegar luego de agrias y tensas discusiones crematísticas. Eubolia y Pía se miran con intriga cuando oyen que las voces se elevan, más de lo prudente, traspasando puertas y corredores de la curia.
- A pesar de lo que dijeron, yo les vi el rostro melancólico, Eubolia.
- Sí, m'hija. Tener un hombre, de a de veras, no es tan malo como ellas dicen.
- ¿Y tu cómo lo sabes?
- Estuve casada, Pía. Sólo que murió joven, y me vine al servicio del obispo.
- ¿En serio? No me lo imaginaba...
- Es que hace poco que platicamos más en confianza, ¿no?
- Ciertamente... Buenas tardes... Pero, hace tiempo que nos tiene abandonadas ¿Verdad, hermana?
Ambas religiosas examinan de arriba abajo a Pía, con gesto desaprobatorio.
- Cuando la apariencia exterior predomina sobre los dones del espíritu, se encoge el corazón del hombre... Vanitas non liberavit.
- ¡Ejém! ¿Por qué no se ponen cómodas? Aquí tengo un chocolatito que les vendría bien con este frío.
- No, no es necesario que nos sentemos. Vamos a esperar a monseñor de pié. Un pequeño sacrificio siempre es apreciado por nuestro Esposo.
- ¡Es que somos tan felices!
- ¡Somos dichosas! Regalamos lo poco que somos, esta pequeñez, esta insignificancia a Nuestro Señor. ¡Él, que es Magnífico e Invencible!
- ¡Por algo lo desposamos...! Nuestra boda no fue como la de las pobres mujeres del mundo... Ellas tienen maridos comunes, hijos, obligaciones... Pero nosotras... ¡Qué va! Somos esposas consagradas y sumisas a Su voluntad. Ofrendadas en cuerpo y alma a Su servicio.
- ¡Totalmente entregadas a Él! ¡Por Él! ¡Para Él!, ¡Ante Él!, ¡Con Él! y ¡En Él!
- Bendito sea nuestro Esposo Celestial...
- Él cuida de nosotras. Nos conforta en nuestras aflicciones. Nos llena y nos complace. Nos alienta a seguirlo y adorarlo.
- ¡¿Y cómo no adorarlo?! Él es el único esposo ver-da-de-ro posible.
- Él siempre está presente... No nos abandona... Nos protege... ¡Nos ama con locura!
- ¡Qué gozo enorme produce orar ante su cuerpo herido y sangrante!
- Somos tan dichosas...
- Tanta alegría no cabe en nuestros corazones...
Llega monseñor, e interrumpe el apasionado discurso de las monjas. Las religiosas le besan respetuosamente el anillo y lo siguen prontamente a las oficinas. Deben tratar el escabroso tema del reparto de los donativos ingresados al convento. Las partes saben que el acuerdo suele llegar luego de agrias y tensas discusiones crematísticas. Eubolia y Pía se miran con intriga cuando oyen que las voces se elevan, más de lo prudente, traspasando puertas y corredores de la curia.
- A pesar de lo que dijeron, yo les vi el rostro melancólico, Eubolia.
- Sí, m'hija. Tener un hombre, de a de veras, no es tan malo como ellas dicen.
- ¿Y tu cómo lo sabes?
- Estuve casada, Pía. Sólo que murió joven, y me vine al servicio del obispo.
- ¿En serio? No me lo imaginaba...
- Es que hace poco que platicamos más en confianza, ¿no?
miércoles, 25 de mayo de 2011
(11) Eubolia y las telenovelas
- Dígame... ¿Qué se le ofrece?
- Buenos días, Eubolia.
- ¿Me conoce?
- Soy yo, Pía. ¿A poco estoy tan cambiada?
- ...
- Sí, soy yo...
- ¿Qué te hiciste, m'hija? ¡Pareces otra persona!
- ¿Otra bien, u otra mal?
- ¡Muy bien, m'hija!
- Ya ves... Mi sobrina Lupita me llevó al salón de belleza.
- Ah, caray... Te pareces a la actriz esa que salió en "Camino al amor".
- ¿Cuál, la que extraviaba la hija, y ella se quería casar con su hermano?
- No, no... Esa fue "Amor en la sombra"...Yo digo otra... La mala de "Nunca, mi amor". La que le pegaba a la sobrinita discapacitada.
- Ahhhh... Me parece que la recuerdo... ¿Aquella que le habían quitado el hijo en el hospital y cuando se encuentran -muchos años despues- ella lo acosa en la empresa?
- Esa. Creo... No sé... Tenía una música tan bonita...
- Si.
- Como de violines ¿No?
- No... la música de violines era la entrada de "El amor vive en mi".
- ¿Tu dices ésa en que la protagonista es una meretriz que vende los hijos que le hacen los clientes?
- Ésa, mera. Una actriz muy guapa...
- Así te ves ahora, m'hija.
- Me haces sonrojar...
- No seas modesta... Ven, hice unos buñuelos de rodilla que están para chuparse los dedos.
- Gracias, pero ahora debo cuidar la figura... Ya me lo dijo Christian: "Nada de grasas, postres, carnes rojas o antojitos, ¿eh?". Pero te acepto un té de hierbabuena, ya ves que refresca el aliento.
- ¿Christian es tu médico?
- No, el peluquero.
- Ahhhh.
- Buenos días, Eubolia.
- ¿Me conoce?
- Soy yo, Pía. ¿A poco estoy tan cambiada?
- ...
- Sí, soy yo...
- ¿Qué te hiciste, m'hija? ¡Pareces otra persona!
- ¿Otra bien, u otra mal?
- ¡Muy bien, m'hija!
- Ya ves... Mi sobrina Lupita me llevó al salón de belleza.
- Ah, caray... Te pareces a la actriz esa que salió en "Camino al amor".
- ¿Cuál, la que extraviaba la hija, y ella se quería casar con su hermano?
- No, no... Esa fue "Amor en la sombra"...Yo digo otra... La mala de "Nunca, mi amor". La que le pegaba a la sobrinita discapacitada.
- Ahhhh... Me parece que la recuerdo... ¿Aquella que le habían quitado el hijo en el hospital y cuando se encuentran -muchos años despues- ella lo acosa en la empresa?
- Esa. Creo... No sé... Tenía una música tan bonita...
- Si.
- Como de violines ¿No?
- No... la música de violines era la entrada de "El amor vive en mi".
- ¿Tu dices ésa en que la protagonista es una meretriz que vende los hijos que le hacen los clientes?
- Ésa, mera. Una actriz muy guapa...
- Así te ves ahora, m'hija.
- Me haces sonrojar...
- No seas modesta... Ven, hice unos buñuelos de rodilla que están para chuparse los dedos.
- Gracias, pero ahora debo cuidar la figura... Ya me lo dijo Christian: "Nada de grasas, postres, carnes rojas o antojitos, ¿eh?". Pero te acepto un té de hierbabuena, ya ves que refresca el aliento.
- ¿Christian es tu médico?
- No, el peluquero.
- Ahhhh.
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