jueves, 26 de mayo de 2011

(12) Las monjas

- Pasen hermanas. Monseñor ya no tarda. Aquí estoy platicando con Pía ¿La recuerdan verdad? Ella ha trabajado mucho para su obra.
- Ciertamente... Buenas tardes... Pero, hace tiempo que nos tiene abandonadas ¿Verdad, hermana?

Ambas religiosas examinan de arriba abajo a Pía, con gesto desaprobatorio.

- Cuando la apariencia exterior predomina sobre los dones del espíritu, se encoge el corazón del hombre... Vanitas non liberavit.
- ¡Ejém! ¿Por qué no se ponen cómodas? Aquí tengo un chocolatito que les vendría bien con este frío.
- No, no es necesario que nos sentemos. Vamos a esperar a monseñor de pié. Un pequeño sacrificio siempre es apreciado por nuestro Esposo.
- ¡Es que somos tan felices!
- ¡Somos dichosas! Regalamos lo poco que somos, esta pequeñez,  esta insignificancia a Nuestro Señor. ¡Él, que es Magnífico e Invencible!
- ¡Por algo lo desposamos...! Nuestra boda no fue como la de las pobres mujeres del mundo... Ellas tienen maridos comunes, hijos, obligaciones... Pero nosotras... ¡Qué va! Somos esposas consagradas y sumisas a Su voluntad. Ofrendadas en cuerpo y alma a Su servicio.
- ¡Totalmente entregadas a Él! ¡Por Él! ¡Para Él!, ¡Ante Él!, ¡Con Él!  y ¡En Él!
- Bendito sea nuestro Esposo Celestial...
- Él cuida de nosotras. Nos conforta en nuestras aflicciones. Nos llena y nos complace. Nos alienta a seguirlo y adorarlo.
- ¡¿Y cómo no adorarlo?! Él es el único esposo ver-da-de-ro posible.
- Él siempre está presente... No nos abandona... Nos protege... ¡Nos ama con locura!
- ¡Qué gozo enorme produce orar ante su cuerpo herido y sangrante!
- Somos tan dichosas...
- Tanta alegría no cabe en nuestros corazones...

Llega monseñor, e interrumpe el apasionado discurso de las monjas. Las religiosas le besan respetuosamente el anillo y lo siguen prontamente a las oficinas. Deben tratar el escabroso tema del reparto de los donativos ingresados al convento. Las partes saben que el acuerdo suele llegar luego de agrias y tensas discusiones crematísticas. Eubolia y Pía se miran con intriga cuando oyen que las voces se elevan, más de lo prudente, traspasando puertas y corredores de la curia.

- A pesar de lo que dijeron, yo les vi el rostro melancólico, Eubolia.
- Sí, m'hija. Tener un hombre, de a de veras, no es tan malo como ellas dicen.
- ¿Y tu cómo lo sabes?
- Estuve casada, Pía. Sólo que murió joven, y me vine al servicio del obispo.
- ¿En serio? No me lo imaginaba...
- Es que hace poco que platicamos más en confianza, ¿no?

 
 

 

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