viernes, 6 de mayo de 2011

(4) Un día en la vida de Eubolia

¡Monseñor! Pase, pase. ¿Cómo amaneció Monseñor? Mire, aquí le dejé su chocolatito y sus galletas de anís. Si me necesita, le voy a estar planchando los encajes. Ya sabe. Lo-que-se-le-ofrezca, Monseñor.

Pinche viejo retacón y engreído... ya me tiene harta con su salmodia... Eubolia esto, Eubolia aquello, Eubolia, “límpiame el faralá de la sotana, que no se ve bien acardenalado”. Desgraciado... Apenas es obispo y ya se siente cardenal, el muy faraute. Piensa que como vive en el blocao curial ya la hizo. Creerá que soy tonta. Pero, no cabrón. Seré bruta e inorante pero bien me doy cuenta que se pavonea como manucodiata delante de los seminaristas. Con ojos de huillín y voz de jarope, les dice que así como el señor caminó sobre las aguas, ellos tienen que hacerlo por la restinga. Quién sabe cuántas cosas más les contará al oído, que los hace ruborizar. Y eso que me hago pendeja cuando en su recámara encuentro...

¿Cómo dice Monseñor? ¿Qué traiga qué? ¿Y ande está? ¿Entre el ahuacal y el bambudal? A ver si no se me alborotan las gallinas que están culecas... Pero descuide, Monseñor, que mis friegas de saúco le componen la sinovia de las rodillas luego, luego. ¡Si usté es un santo!

 
 


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