domingo, 29 de mayo de 2011

(15) Otra prueba de pureza

- Estoy muy preocupada Pía.
- ¿Por monseñor?
- Sí, m'hija. Hace demasiados sacrificios...
- ¿Como qué?
- Hace dos días me dijo: "Eubolia, quiero que para la tarde me tengas listos unos buñuelos de viento, con miel de piloncillo, claro. También las galletas de anís que tanto me gustan. No deben faltar unos camotes rellenos de piñón. Si no te da tiempo de prepararlos, consígueme unas palanquetas, muéganos, alegrías y jamoncillos. Haz el chocolate con leche a la española, ya sabes que es mi debilidad".
- ¿Y a poco se comió todo eso?
- No, m'hija... Eso es lo raro.
- ¿Cómo?
- Una vez que tuve la mesa puesta para la merienda, con todas esas delicias, se paró a un lado viéndolas con fruición.
- ¿Y?
- Luego de un buen rato me dice: "Levanta todo y llévalo al asilo. No he de comer nada de esto. No lo merezco. Será mi sacrificio".
- ¿A poco?
- Y esto no paró ahí...
- ¿Más?
- Ayer llegaron los seminaristas muy temprano. A diferencia de otras ocasiones, en que visten de modo informal, se pusieron las sotanas y el alzacuello. El pelo bien repeinado con gel. Y lo que me alarmó era el rostro tan solemne que traían.
- ¿Qué sería?
- En cuanto los vió me dijo: "Eubolia, que nadie me moleste, estaré tratando unos graves asuntos con los jóvenes". Y se encerró con ellos en su recámara.
- ¿Y qué pasó?
- Figúrate que me quedé de lo más intrigada...
- Sobre todo después de lo que viste hace unos días.
- ¡Exacto! Así que me subí al ático. Allí, entre unas tablas se puede ver, por una grieta del falso plafón, lo que ocurre abajo.
- ¡No digas!
- No es que yo quiera espiar, es una cuestión de seguridad... No sea que en algún momento tenga que asistir a monseñor y no sepa si entrar o no. ¿Qué tal si le da un infarto y no me entero?
- Eso, sí... ¿Entonces?
- Monseñor estaba de rodillas, sin la camisa, y con los brazos en cruz.
- ¿Y los jóvenes? ¿También sin camisa?
- Noooooooo. ¿Cómo crees? Con la sotana completa y el alzacuello. Pero...
- ¿Qué?
- Con unos largos cinturones de cuero negro, alternativamente, le dieron una azotaina espantosa. Tenía toda la espalda cruzada por los latigazos, y hasta le salía sangre.
- ¡Qué horror! ¿Y no se quejaba?
- Vieras que no.
- ¿No?
-Tenía un rostro de beatitud... Casi te diría que se hallaba en éxtasis. ¿Ves que es un santo?
- Si, claro.
 
 

 

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