lunes, 27 de junio de 2011

(36) Una nueva maravilla

- Con ejta entradera y salidera de gente, el negocito va viento en popa. Pero sí que cansa, ¿eh? No he parado de fingir que rezo todo el tiempo, chingao.
- Igual yo. Me voy a servir un refresco, ya estoy agotada.
- Oiga, Pía. ¿Me traería un café de la cocina? Me quedaré vigilando a esa vieja de verde, porque se me hace que quiere meter la mano en la lata, la muy cabrona...
- ¿Por qué dice eso, Adela?
- Hace un rato se echó encima de la ejtatua qu'ejque p'a secarle laj lágrimas... Pero tenía la vista fija en la alcancía.
- Ah, caray.
- La tuve que detener. Cómo hay gente sinvergüenza, ¿eh?
- ¡Qué barbaridad! Mire que aprovecharse de la pobre Virgen Santísima... Voy por el café.


En la pared del fondo, la luz de la tarde comienza a reflejarse con tonos dorados. De pronto, como animadas por un mensaje celestial, dos cochinillas de humedad se dirigen prontamente a una mancha oval que comienza, poco a poco, a revelarse. Se detienen a pocos centímetros de distancia una de la otra. Al ver eso, una de las señoras, que devotamente se hallan orando, codea a su vecina.


- Oiga. ¿Ya vió que en la pared pareciera que hay una figura?
- ¿Dónde? Sin mis lentes no veo bien, deje que me los ponga...
- Allá, al fondo. Detrás de la estatua de Nuestra Madre Santísima.
- A ver... ¡De veras, oiga! Hasta se le notan los ojos.
- ¡En serio! Esta es otra señal... ¡Aquí, frente a nosotras se está produciendo otro milagro!
- ¡Jesús me ampare! ¡¡¡ Milagrooo!!! ¡¡¡ Milagroooooooooo!!!


Los asistentes comienzan a agitarse y murmurar. Pía vuelve corriendo de la cocina y por poco vuelca el café sobre un pequeño que mira la escena asustado. Descubre, divertida, que las cochinillas se han parado justo en la zona correspondiente a los ojos que dibujó con gelatina. Además, los hongos,  por la humedad ambiente y el medio nutritivo, ya están delineando el manto. Adela y Pía intercambian una mirada cómplice y contienen la risa. Un nuevo prodigio ha comenzado a suceder a la vista de todos.
 
 
 

domingo, 26 de junio de 2011

(35) El confesor

- Sírveme otra taza de café y trae más galletas. Este programa de debate periodístico es muy interesante. Próximamente, si no es  bajo prescripción médica y con receta ar-chi-va-da, quedará prohibida la venta de anticonceptivos. ¡Así se hace! ¡Bien por la familia!
- Monseñor, el Padre Renato está al teléfono.
- ¡Ufffffff, justo ahora! Contestaré en mi oficina, Eubolia.


- ¿Diga?
- Monseñor, tenga muy buenas tardes.
- Qué tal Renato. ¿Qué se te ofrece?
- Espero no importunarlo con mi llamada.
- Estoy preparando una homilía. Tengo un descomunal trabajo por delante, pero no importa. Sacrificaré mis pobres minutos de descanso para atenderte. ¿Es algo de la parroquia?
- No exactamente. Usted sabe... Digo... Como soy Director Espiritual y Confesor de Adrián...
- Eso me queda claro. ¿Entonces?
- Pues... He estado reflexionando... y...
- Ya... Acaba de decirlo.
- Usted sabe que el secreto de confesión sella mis labios.
- Desde luego. Me impacientas... ¿Qué quieres?
- He notado, con enorme preocupación, que la salud espiritual de Adrián se encuentra severamente comprometida.
- ¿Ah, si? ¿Por qué?
- No me es posible revelarlo, usted entiende.
- No, no entiendo nada. ¿Con qué fin me llamas?
- Quisiera poner, a su amable consideración, una humilde solicitud.
- ¿Cuál?
- Que releve a Adrián de estar a su servicio. Le haría mucho bien dedicarse solamente a sus estudios de teología.
- ¿Razones?
- Ehhh... Bueno... Me parece que...
- ¿Te parece, o estás seguro? Acaso consideras que el trabajo de la curia no es importante...
- No, no... Eso, no.
- ¿Y bien?
- Sólo es una sugerencia.
- Siendo así, la voy a tener en cuenta.
- Gracias, Monseñor. Ya no ocupo más su tiempo.
- Por cierto...
- Dígame.
- ¿Cómo haces para tener el cabello tan bien cuidado? Casi no tienes canas, y a tu edad...
- Me hago atender por un peluquero muy bueno.
- A ver... pásame los datos.
- Se llama Christian, y su teléfono es el 4968-3127.
- Ya lo anoté. Buenas tardes.
- Gracias nuevamente, Monseñor.
 
 

miércoles, 22 de junio de 2011

(34) El primer milagro

- ¿Ya cerró la puerta, Adela?
- Yaaaaaa, Pía... Ejtas locas me tráin emputada, coño. No se querían ir...
- ¡Pero ha sido todo un éxito!
- ¿P'oj, qué le dije?
- Llegaron en tropel, y se tragaron el cuento de las lágrimas... Bueno,  en otro momento, yo hubiera reaccionado igual...
- ¿Ya vió la cantidá de velas que nos pusieron? Ejto parece iglesia, chingao.
- Cómo será, que se corrió la voz y vino gente de las colonias cercanas...
- Se me hace que vamoj a tener mucho trabajo.
- Lo que sí me dió miedo es cuando a la vecina de la vuelta le dió el ataque.
- ¡Cállese! Yo creí que ibamoj a tener que llamar a una ambulancia.
- Menos mal que el marido estaba presente.
- Pobre hombre... Más se asustó cuando una niña empezó a gritar: "¡¡¡La Virgen Santa se la lleva!!!". Seguro creyó que se le moría.
- El escándalo que se armó.
- ¡Y cómo echaba ejpuma por la boca!
- La salvó la vecina de junto. Tantito alcohol en la frente y reaccionó.
- Sí, menoj mal...
-  A todo esto...¿Qué tal fué la recaudación?
- No sé... ¿Por qué no abrimoj la lata?
- A ver...
- ¡Oiga, eso ej un dineral!
- ¡Bendito sea Dio... Digo... el Óxil!
- ¿Y quién ej el óxil, ése?
- El que nos ayuda, Adela.
- Ah, bueno...
- Ya que tenemos recursos, mañana vamos a comprar un botiquín de primeros auxilios.
- Sí, p'a que no noj agarre dejprevenidaj, pué...
 
 
 

viernes, 17 de junio de 2011

(33) El desayuno

 
-Buenos días, Monseñor, ¿Qué tal durmió?
- Con dulzura, Eubolia.
- ¿Le preparo el desayuno?
- Desde luego. Las copitas de malvasía han hecho estragos... jeje.
- ¿Le sirvo unos ricos huevos divorciados?
- ¡Nunca! Divorciados ¡jamás! Que sean a la mexicana... bien picosos, ya sabes.
- Claro, Monseñor.
- Pon el noticiero, quiero estar informado. Este mundo está de cabeza...
- Enseguida, Monseñor.

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- Noticias de último momento. El Señor Alcalde de Villa de las Flores acaba de proclamar un Bando Solemne, que dice así:

Vecinos y vecinas de Villa de las Flores. Hoy, en atención a repetidas quejas de la población, y en virtud de consultas ciudadanas que, respondiendo a una estrategia integral nos llevan a redoblar esfuerzos en pos de un compromiso asumido con los mejores instrumentos de gestión municipal, cuya participación redunda en la buena gestión de una administración responsable, hemos decretado que:

a) Se prohibe, en todo el ámbito municipal, la portación de vestimentas inadecuadas. Sean éstas, minifaldas, escotes, bermudas, shorts, o cualquier otra prenda indumentaria que, aún cubriendo totalmente la anatomía, sea extravagante y que contravenga la moral y las buenas costumbres que tradicionalmente nos han caracterizado.

b) La apariencia externa deberá ajustarse a la normalidad, quedando excluídos los maquillajes excesivos y provocadores, que sólo incitan al poco respeto y faltas al decoro, que nuestras ciudadanas deben exhibir.

c) Queda suspendida toda fiesta, celebración, o reunión, que no haya sido debidamente autorizada por nuestro Honorable Cabildo con diez días de anticipación y previa solicitud por triplicado.

Quienes no respeten la presente norma quedarán sujetos a la aplicación de las más graves sanciones por faltas a la moral y la decencia pública.

Villa de las Flores, 17 de junio de 2011
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- Apaga la tele, Eubolia. Hoy es un día feliz, en el que vislumbro un buen futuro...
- Sí, Monseñor.
 
 

jueves, 16 de junio de 2011

(32) Confesiones de muchachos

- Hasta mañana, muchachos.
- Hasta mañana, Eubolia.


- Oye Rubén, ¿estás apurado?
- No, ¿por qué?
- Vamos a tomar un café y platicamos, ¿si?
- Sale y vale. ¿Qué tienes?
- Esto no me está gustando nada...
- Ni a mí... ¿pero qué hacemos?
- No lo sé. Pero, lo voy a consultar con mi confesor.
- ¿Te late?
- Con quién, sinó.
- Es que...
- No pensarás que el Padre Renato va a romper el secreto de confesión.
- No, eso, no... Pero... Hacer público algo así...
- ¡No es público! Es una conversación entre Dios, el Padre Renato y yo.
- ¿Qué le dirás?
- Todo.
- ¿Seguro? Incluyéndome a mi...
- Trataré de no hacer referencia a tí, obvio. Pero hay cosas que Monseñor nos llevó a hacer juntos...
- ¡Híjole!
- ¿Le dirás lo de la computadora?
- Sin duda. De ahí saca las ideas.
- ¿Le contarás lo último?
- Qué, ¿lo de los tenis?
- Sí... ¿No se te hace chocante eso hacernos presentar en ropa deportiva y obligarnos a que le caminemos por encima?
- Es repulsivo. Al final, él se queda feliz, pero yo me siento sucio...
- Igual yo...
- Y, después, lo otro...
- Eso ya no se lo voy a contar. Es demasiado...
- Se lo va a imaginar.
- Quizá...
- Se me hace que Eubolia sospecha algo. Lo veo en su mirada cuando llegamos y nos encerramos en la recámara. Y es peor, aún, cuando salimos. Como si buscara leer algo en mi cara.
- Yo he sentido lo mismo. Pero ella es una tumba. Nunca dirá nada, por respeto al Obispo.
-Claro.
- En fin... Mañana será otro día.
- Sí...
- Bye.
 
 
 

miércoles, 15 de junio de 2011

(31) Dos poderes

- Señor Alcalde...
- ¿Monseñor?
- Efectivamente.
- Estoy a sus órdenes. ¿En qué le puedo servir?
- He visto, con sumo interés, sus declaraciones en el noticiero de hoy.
- En momentos difíciles hay que enfrentar a los medios. Pero dígame ¿Qué se le ofrece?
- Su propuesta de inversión en seguridad, me ha parecido admirable.
- Es imprescindible, evidentemente.
- Sin duda. Por eso, quería ayudarle con una sugerencia. A la hora de las adquisiciones, recuerde la compañía constructora con la que el municipio trabajó tanto tiempo...
- Pero... ¿No se verá mal que una constructora participe en contratos de seguridad y compra de vehículos?
- De ninguna manera. Recuerde que la denominación social es: "Constructora y Servicios Múltiples Quid Pro Quo, S.A. de C.V.". Las armas y los automóviles pueden caber en alguno de los numerosos servicios que ofrece.
- Si me permite, Monseñor, no me queda claro cuál es su interés en esto.
- ¡Interés ninguno, mi amigo! Sólo lo hago por el bien de la comunidad y de su propia persona. Se trata de obtener el mayor beneficio de la inversión. Por otro lado, recuerde que los socios propietarios, son muy apreciados por nuestro amado Obispo Diocesano, quien aún se halla en Roma. A su regreso, hecho que todos esperamos con gran ilusión, le complacerá ver que gente de bien ha coadyuvado con el municipio.
- No sé... No sé... En las últimas colaboraciones con la empresa, ha habido disenso.
- ¿En qué?
- Los continuos retrasos en las obras, el incremento presupuestal y -seamos honestos- especialmente sobre  las entregas que se habían pactado; muy inferiores a los estándares del mercado. ¿Me explico?
- Le entiendo perfectamente. Si bien, yo no puedo hablar por ellos, porque mis funciones son de naturaleza espiritual, sospecho que podrían extenderse a un quince.
- Es insuficiente, Monseñor. El riesgo que implica tal responsabilidad...
- Recuerde que la avaricia es un pecado.
- La tontería, no. Pero debería serlo...
 - Jajaja. Tiene razón. Veinte, entonces.
- No se diga más. No me cabe duda que una recomendación, tan desinteresada y sabia, debe ser tomada en cuenta.
- Me da un enorme gusto haber sido de utilidad. Por cierto...
- Diga Usted.
- Ya hemos hablado de la parte material, pero -como pastor- me preocupa el aspecto espiritual de mi rebaño.
- Por supuesto.
- Vemos -con enorme preocupación- la carencia de valores en la juventud villaflorense. Se multiplican las fiestas llenas de vulgaridad y libertinaje. Las muchachitas salen a la calle -incluso las trabajadoras municipales- vestidas de un modo indecente, carente de decoro. Más parecen mujeres públicas que honestas ciudadanas. Después se quejan del incremento en las violaciones.
- Es verdad, pero, ¿qué podemos hacer? Los jóvenes de hoy...
- ¡Nada! Los jóvenes necesitan una guía firme. Una autoridad que sirva de modelo a sus extraviadas vidas. Hay que acabar con el desorden.
- Tomaré medidas inmediatas, Monseñor.
- Eso espero, por el bien de todos.
- Así se hará.
- Gracias, Alcalde. Me imagino que mañana, a primera hora, se presentará en sus oficinas alguien de la compañía para acordar el contrato. Que Dios lo bendiga.
- Hasta pronto, Monseñor.


- ¡Euboliaaaa!
- Dígame, Monseñor.
- Tráeme una copita de malvasía, que quiero festejar.
 
 
 

martes, 14 de junio de 2011

(30) El montaje

- Oiga Pía, ¿Ujté ya guardó lo que sobró, del jugo de betabel, en el refrigerador?
- Sí, Adela. Lo que separé está aquí, en una jeringa que me quedó de la pobre tía Hilda.
- ¡No me la nombre! Que a la noche siento que me mira... ¡Ay, nanita!
- ¡Qué va! Si era un alma de Dios...
- ¡Por eso!
- Pongámonos contentas. La imagen -pintada con gelatina- ya está lista, y no se nota nada. Si todo va bien, como usted cuenta, se empezará a revelar la figura en una semana. ¡Vivan los hongos, las bacterias y los bichos!
- Ahora acomodemoj la estatua, delante de la "aparición", pa'hacer máj efecto.
- El lugar lo elegimos bien, ¿verdad?
- ¡Seguro! ¡P'a su mecha, no pudo estar mejor! Aquí en el corredor hay humedá, la gente no entra a ninguna habitación y hay un resplandor que no deja ver bien.
- Lo que no me gusta es la idea de cobrar la entrada.
- ¿'Tons qué? ¿De dónde saldrá la lana, pué...?
- Aquí, las personas son recelosas. Les resultaría grosero pagar por ver un milagro. Lo mejor es dejarlo a su voluntad. Ponemos una alcancía frente a la estatua, y que ellos aporten.
- 'Ta bueno... Pero que sea grandototota.
- Tengo una vieja lata de galletas que podemos forrar con estampitas. ¿Qué le parece?
- Ah, su mecha... qué buenaj ideas tiene, Pía.


- ¿Ya quedó todo lijto?
- Perfecto y acomodado.
- Ahora échele unaj gotas del juguito a loj ojo de la virgen, p'a qu'impresione.
- ¡Hecho...!
- Parece de a deveraj, oiga.
- Lo veo y... hasta me dan ganas de hincarme y ponerme a rezar...
- ¡Ah, jijo! ¿No que ya no le importa nada, y la chingada?
- Es que han sido tantos años de creyente...
- ¿Y ahora cómo hacemoj p'a avisarle a las vecinas?
- Usted, Adela, que tiene la voz más fuerte... Salga y dígaselo al mundo.
- 'Ta bueno. ¡¡¡ Milagroooo!!! ¡Milagrooooooooo!!! ¡Milagroooooooooooooooooooooo!!!
 
 
 
 

 

lunes, 13 de junio de 2011

(29) Autoridades en la tele

- ¿Ya más tranquilo, Monseñor?
- Notablemente mejor, Eubolia. Esta mañana he hallado la reconciliación, en Nuestro Señor, que tanto anhelaba. El sacrificio rinde sus frutos, y con luces siempre nuevas...
- ¿Le sirvo su chocolatito?
- Desde luego. También enciende el televisor, es hora del noticiero.


- Sr. Alcalde, ¿qué opina del fallecimiento de Doña Lucrecia Zaldívar Batlló y Miramón?
- Estamos muy preocupados por la ola de inseguridad que llama a nuestras puertas.
- ¿Qué planes hay para volver a la normalidad?
- Mire Sr. periodista. Nos hallamos estudiando una estrategia integral que, en esta coyuntura, nos permita la recuperación del espacio público, para todas y todos. Los distintos órdenes de gobierno deberán coordinarse y coadyuvar, aportando su granito de arena para cumplir las tareas pendientes. En este momento histórico, debemos lograr los acuerdos y consensos cuyo compromiso transite a la eficiente gestión de una administración responsable.
- ¿A qué se deben estos problemas nuevos?
- Son muchas las tareas pendientes. No todos han entendido que juntos podemos, con una amplia  participación, mediante la sinergia emanada de los programas y proyectos en curso, situarnos en el camino correcto. Hay que hacer la tarea. Debemos emprender las reformas estructurales cuya estrategia integral supone la democratización y atención ciudadana que se requiere en esta hora de retos institucionales.
- ¿Con qué fines?
- Debemos tener claro que crisis también significa oportunidad. La ciudadanización del espacio público, con la participación colectiva, y sin caer en populismos trasnochados, nos podrá llevar a la creación de inmensas oportunidades para modernizar y darle sentido a los desafíos que representan una inversión de futuro.
- ¿Vamos bien, entonces?
- Sin duda. Estamos coadyuvando en el camino correcto. Juntos, podemos.
- ¿Alguna línea de acción que no pueda esperar?
- Desde luego. He ordenado la adquisición inmediata de dos mil fusiles automáticos, ochocientos chalecos antibala y un número similar de cascos para dotar a nuestras fuerzas del orden local. También he autorizado la compra de cincuenta vehículos blindados para uso exclusivo del personal municipal y de su familia directa. Comprenderá, Sr. periodista, que no podemos quedar en manos de quienes se oponen, delincuencialmente, a las nobles instituciones del estado.
- Muchas gracias por la entrevista, Sr. alcalde.


- Eubolia, apaga el televisor.
-  Seré bruta, pero no entendí ni papa... ¿Usted sí?
- ¡Por supuesto! Comunícame, rápido, con las oficinas municipales.
- En seguida, Monseñor.
 
 

domingo, 12 de junio de 2011

(28) Nuevo sacrificio

- Monseñor... ¿Pasó algo malo? Trae usted una expresión de congoja...
- Sí, Eubolia. Acaba de morir Doña Lucrecia, prácticamente en mis manos.
- ¡Bendito! ¿Cómo fue?
- Fui al hospital a darle los Santos Óleos. El Viático no fue posible, estaba inconsciente y llena de tubos. Cuando estaba terminando de ungirla... Uh... Uhh...
- Monseñor ¿se siente bien?
- Sí, Eubolia... Sólo es que me emociono frente a la solemnidad de la muerte.
- No es para menos... Habiendo sido tan amiga de su hermana...
- Así es... Y los médicos no pudieron hacer nada. Fue la voluntad del Señor, quien decidió todo. Felizmente estuve allí, para darle la última asistencia espiritual. Confortarla en esos momentos de dura transición hacia la vida eterna... Ojalá, Dios haya perdonado todas sus faltas. Incluso la escabrosa concupiscencia en que -según las investigaciones periodísticas- habría caído... Pero nuestro Señor es magnánimo, infinitamente sabio y misericordioso y sabrá comprender a una pecadora.
- Sin duda, Monseñor.
- Prepárame la cena, ahora. Debo reponer energías. Y llama a Rubén y Adrián, que necesito hablarles con urgencia.
- Claro, Monseñor, voy de volada.


- Muchachos... Antes de que se vayan debo decirles que hoy he vivido un momento en extremo difícil. Dios, me ha sometido a una prueba muy dura. Siento que debo reparar mi pobre espíritu, débil y pecador. Así que mañana tendremos una nueva sesión de sacrificio. Deberán venir debidamente preparados, como en anteriores ocasiones. Pede poena claudo.
- ¡Otra vez, Monseñor! ¿No le parece que ésto ha ido algo lejos?
- ¡¿Cómo te atreves a contradecirme?! Ego, Episcope Villaflorensis, habeo ius puniendi. Qui bene amat, bene castigat.
- Es que, yo... Creo...
- ¡Tu no crees nada! ¡Aquí el que decide soy yo! ¿Te queda claro? Eius nulla culpa est cui parere necesse sit.
- Sí, Monseñor...
- Ahora retírense... Debo descansar y prepararme espiritualmente para la punición.
- Hasta mañana, Monseñor.
 
 

 

   

sábado, 11 de junio de 2011

(27) De animalibus

- Oiga, Pía... ¿Ujté no ha vijto a la Ernejtina?
- ¿A quién?
- La Ernejtina, mi iguana. Hace dos días la dejé en el patio, p'a que tomara el sol, y no la he vuelto a ver.
- ¡Santo Óxil! ¿Esa sabandija anda suelta en la casa?
- 'Tará comiendo, pué... Ujté no s'inquiete, que d'ejta casa no sale...
- Mientras no entre a mi recámara... ¿Ya se fijó en el cuarto de los trastos viejos? Ahí al fondo...
- Voy a ver...



- ¡Píaaaaaaaaaa!
- ¿Qué pasa, Adela? Me asusta con sus gritos...
- Tenía razón... Mírela, ahí está, bien dormidota, la canija.
- ¡Qué horror!
- ¿Oiga, y debajo d'esas sábanas qué hay?
- Imágenes religiosas en total desuso. Recuerde que ya me pasé al bando contrario.
- A ver... ¡Ejto es lo que necesitamos!
- ¿Esta estatua de la virgen? ¿Como para qué?
- Recuerda nuejtro plan ¿no?
- Sí, claro. ¿Y?
- La "aparición" en la pared se va a llevar varios días, pué... Se me ocurrió que -a la vez que pintamos la pared con gelatina- si ponemos una estatua que llore sangre... ¡P'a su mecha! ¡Doj milagroj en uno!
- ¿Usted cree, Adela?
- Ujté déjeme, que ya tengo todo el plan bien concebido.
- ¿Y la sangre, de dónde la sacamos?
- P'a eso ejtá el armadillo que traje p'a loj tamales...
- ¡Cómo cree! Pobre animal. ¿No hay otra solución?
- Fácil, compramoj un betabel en el mercado... Viera qué rojo tan bonito tiene.
- Eso me parece mejor. Oiga, y hablando del armadillo, ¿dónde lo puso?
- Ése bicho está en la caja... Lo sigo purgando...
- ¿Cómo?
- Si... no le doy nada de comer p'a que se limpie por dentro... En dos días lo cocino...
- ¿Cómo se llama?
- Jajajajaja... ¡No tiene nombre, pué...! Al animal que se come, no se lo mira a loj ojo, ni se le pone nombre... ¿A poco no sabía?
- ¡Godofredo!
- ¿Qué dice?
- ¡Se llamará Godofredo!
- Noooooooooo. No m'hiaga esoooo, pué... Ahora ya no lo voy a poder comer...
 
 
- A ver Adela, abra la caja... ¡Mírelo! Está hecho un ovillo, pobre...
- Ej un animal del demontre...
- Por eso... Me da ternura... Hay que darle agua y alimento.
- Noj perdimoj unoj ricoj tamalej, pué...
- Oiga ¿Y qué comerá?
- Sepa...


 
 

   

viernes, 10 de junio de 2011

(26) En el hospital

- Pip...pip...pip...pip...pip...pip...pip...pip...pip...
- Enfermera...
- Diga, doctor.
- ¿Cómo va la paciente?
- Igual... Sigue entre la vida y la muerte...
- ¿Dijo algo?
- Sí, doctor: "Las acciones del gordo, son mias...".
- ¿El gordo? ¿Sería su amante? Ya ves lo que dice el periódico...
- Quién sabe...

De pronto, Doña Lucrecia entra en una especie de embudo oscuro, y al fondo: La Luz. Siente que de las sombras surgen figuras siniestras. Se imagina que la quieren arrastrar hacia las penumbras. Destaca una... Su "amiga" Catalina la jala de un brazo hacia el abismo profundo. Hace un esfuerzo por recuperarse y sólo acierta a murmurar:

- El obispo... el obispo...
- ¡Pobre mujer, doctor! ¡Se vé que quiere los Santos Óleos!
- Avisemos a Monseñor que lo reclama. ¡Que traiga el Viático!

...

- Pase por aquí.
- ¿Donde está la moribunda a quién daré la santa Unción de los Enfermos...?
- En esa cama, Monseñor.
- ¡Déjenme solo!
- Por favor no toque nada... Todas las conexiones son vitales para ella.
- Mi asistencia será sólo espiritual y pastoral.
- Gracias, Monseñor.

Minutos después...

- (Me falta el aire... Auxilio... ¡Basta, Catalina. No me jales! No... Nooo... Noooooooo...).
- Pip... pip...pip...pip...pip... Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii...
 
 

jueves, 9 de junio de 2011

Los personajes

El obispo:

Obispo Coadjutor de Villa de las Flores. Aspira a suceder al anciano Obispo Diocesano (titular de la sede) quien se halla temporalmente en Roma cumpliendo tareas eclesiásticas.
Aparece por primera vez en “Una tradición renovada”.

Eubolia:

Ama de llaves, cocinera, asistente doméstica del obispo. Es originaria de Sontecomapan, pero lleva muchos años viviendo en Villa de las Flores. Habla bien, porque no dice todo lo que piensa.
Aparece por primera vez en “Un día en la vida de Eubolia”.

Catalina:

Hermana del obispo, ya fallecida. Fue amiga y socia de Doña Lucrecia.
Aparece por única vez en “Catalina y el Señor”.

Rubén y Adrián:

Seminaristas que asisten a monseñor en tareas generales de oficina (transcribir documentos, arreglar citas, mantener al día el correo electrónico, etc. ). También participan en asuntos más “personales”.
Uno de ellos, aparece por primera vez en “Una tradición renovada”.

Pía:

Originalmente una mujer gris y devota quien, habiendo perdido la fe, se vuelve satánica (según su personal interpretación del término). Poco a poco se hace amiga de Eubolia, con quien comparte algunos secretos. Es prima de la insoportable e impertinente Adela.
Aparece por primera vez en “El altar de Pía”.

Lupita Cassandra:

Sobrina rebelde, fiestera y dark, de Pía. La familia la llama Lupita, pero los amigos Cassandra.
Aparece por primera vez en “Lupita Cassandra consultora”.

Christian:

Estilista de moda en la ciudad. Es compañero de correrías de Cassandra y viejo amigo de Rubén.
Aparece por primera vez en “Pía en la estética”.

Doña Lucrecia:

Dama encumbrada en la sociedad de Villa de las Flores. Dirigente de Moralidad y Buenas Costumbres A.C. Fue amiga y socia de Catalina.
Aparece por primera vez en “Doña Lucrecia”.

Adela:

Vive en Sontecomapan, pero llega a la ciudad a visitar a su prima Eubolia (se aloja en casa de Pía). Es una buena persona, pero insoportablemente metiche e imprudente. Habla con acento fuertemente costeño.
Aparece por primera vez (como referencia) en “La prima”.

 

miércoles, 8 de junio de 2011

(25) Confidencias y planes

- Oiga, Pía. ¿Ujté no se enojó conmigo por lo de las hostias? Porque Eubolia está que la lleva el tren.
- No, Adela... Me dió risa.
- ¿Y eso? ¿No qu'es un sacrilegio terrible?
- Le voy a confiar algo, me vale. Me cambié de religión. Me pasé al bando del Óxil.
- ¿Y qué'j eso?
- Lo contrario del lixo. Yo me entiendo. Pero no le cuente a Eubolia porque se pondría más furiosa aún.
- Nooo, p'a nada. No sé ella de qué se ejpanta, allá en mi pueblo hay de todo. Con tanto brujo en la zona...
- Sí, verdá.
- Oiga, ¿y por qué lo hizo?
- Me cansé de rezarle a dios, y los santos, y que no me trajeran un novio.
- ¿Y cuál le gusta?
- Un muchacho que -a veces- me trae el agua purificada. ¿Qué cree? Hace dos días viene y que me dice: "¿Y dónde está la ruca? ¿Usté es su sobrina, mi reina?".
- Ah, caray... La desconoció.
- Sí, y no quise decirle la verdad. Le respondí que mi anciana tía se había ido a vivir a otra parte y que, ahora, yo era la dueña. ¿Cómo ve?
- 'Ta buenísimo, ¿no?
- No. Porque en cuanto se me vaya el tinte,  me crezcan los vellos, se me acabe el maquillaje, y la ropa nueva se arruine, no voy a tener p'a mantener "el look", como dice Christian. El poco dinero que me deja la renta de una casita en la otra cuadra, no me alcanza para mantener ésta. Ya ve que es muy grande y vieja,  los gastos se me van en composturas. Hay que retechar, las paredes están húmedas, ¡p'a qué le cuento, si usted lo está viendo!
- Me acaba de dar una idea, Pía.
- ¿Cuál?
- Ujté sabe de manualidades, ¿no? Pintar y éso...
- Sí, algo. Especialmente una copia, me sale muy bien.
- ¡Eso es lo que necesitamos!
- ¿Para?
- Allá en mi pueblo, tenía una vecina bien retepobre, viera. Ni p'a comer tenía, la infeliz. Y un día que se le ocurre hacer un santuario en la casa.
- ¿Un santuario?
- Con un poco de gelatina, que alguien le había regalado, y con el dedo, dibujó en la pared una imagen de la virgen.
- ¿Y qué con eso? Apenas habrá quedado marcada.
- Dijo que, al principio, no se veía ni madres. Pero que, días después, se oscureció y tomó unos colores bien raros por la lama, loj hongos, las bactéreas, y todo bicho que se da por allá.
- ¡Ah, caray!
- Cuando aquello quedó precioso, le avisó a las vecinas. Ellas, asombradas, dijieron que era un milagro brotado de la pared, que debía mostrárselo a todos. Así que empezó a cobrar la entrada y ¿qué cree?
- ¿A poco se llenó de lana?
- Algo, no crea que mucha, porque el pueblo no da p'a tanto, pero ya no le faltó de nada.
- ¿Y cuando se terminó el "milagro"...?
- Se fue p'a Guanajuato y repitió el sistema. Dicen que ahora tiene un hotel...
 
 
 
 

 
 

martes, 7 de junio de 2011

(24) La estética: centro de información

- ¡Cassandra divis! ¡Qué bueno que viniste, mi amorsh! Tienes que seguir con el tratamiento de crema para que te crezca rápido ese cabello y recuperar las rastas... Así, pareces bola de billarsh.
- ¿Qué hubo, Christian?
- Aquí, mi amorsh... Preocupado por todas las cosas que están pasando.
- No mames, güey...
- ¡En serio! ¿No te enteraste del atentado a Doña Lucrecia?
- ¿Una ruca muy de la iglesia, y la chingada, no?
- Era mi clienta. Vieras qué elegante y distinguida. Bastante prepotente, eso sí. Pero la clase se le veía de lejos.
- ¿Y qué pedo con ella, o qué?
- La asaltaron a la salida de una casa de cambio.
- Utaaaaa.
- Lo que oyes. Y, ni te digo, lo que sacaron en el periódico. Según parece, tenía un chichifo.
- Órale...
- Dizque, como no le dió la lana que le había prometido, la mandó matar.
- P'a su madre... 'Ta grueso, güey.
- Pero, aquí entre nos (y no se lo digas a nadie, porfa) parece que la cosa va por otro lado.
- ¿Como qué?
- Unas clientas me contaron que ella, días antes, les dijo que alguien le debía unas acciones.
- Ah, chingá...
- Así que, si no se las querían pagar...
- ¡Que se la chingan, güey!
- Claro...
- ¿Y la historia del chichifo?
- Quién sabe, mi amorsh... Ya ves qué fácil es distraer al público con pendejadas.
- Eso que ni qué, güey.
- Oye. ¿Y tu tía Pía? ¿Qué onda con ella? La dejé hecha una muñeca.
- Bien, güey. Pero en lugar de ponerse a buscar un chavo, como quería, anda cargando a una prima de su amiga.
- ¿Y eso?
- Como la Eubolia no la podía alojar en la curia, la encargó con mi tía. Pero parece que la ruca es un megadesastre, güey.
- No digas...
- Armó un lío tremendo con unos dulces de coco. Que, entre paréntesis, estaban de poca madre.
- No digas...
- Pero, cuando le pregunté a mi tía qué pasó, en lugar de responder enojada, le dió un ataque de risa.
- ¿A poco?
- ¿Raro no, güey?
 
 
 

lunes, 6 de junio de 2011

(23) Un reportero en la curia

- Vengo a entrevistar al señor obispo.
- Soy su asistente, le advierto que está ocupado.
- Es urgente. Se trata del atentado a Doña Lucrecia Zaldívar Batlló y Miramón.
- Permítame que le consulte.


- Señor periodista, puede pasar. Monseñor lo espera en su oficina. La conversación deberá ser breve. Son muchas las tareas pastorales que le aguardan.
- Gracias.


- Monseñor, ¿qué opina del ataque recibido por Doña lucrecia? Tengo entendido que ella fue muy amiga de su hermana (q.e.p.d.) y que lo había visitado recientemente.
- Se trata de una distinguida dama de nuestra sociedad y una mujer de Fe. Estamos muy alarmados y preocupados por su estado de salud.
- ¿Cree Usted que se debió a un asalto común o fue un atentado?
- Cómo saberlo... La inseguridad que nos asuela es inaudita.
- ¿Cuál podría ser el móvil?
- Puedo decirle, claramente, cuál NO fue. Rechazo enérgicamente, y condeno, las versiones que han circulado en nuestro medio.
- ¿Qué versiones? Las desconozco.
- Esos infundios, esas calumnias que se ceban en el buen nombre, e intachable reputación de la señora.
- ¿Podría ser más explícito?
- Personas de mala entraña, difamadores profesionales, gente sin corazón ni respeto, han hecho correr la especie que se trata de un caso  de venganza pasional.
- ¿Ah, sí?
- ¡Mentira! ¿Cómo  va usted a creer que una persona tan respetable como ella, dirigente de la Sociedad para la Moralidad y las Buenas Costumbres A.C., pudiera tener un amante joven al que no satisfizo en sus pretensiones monetarias? ¿Verdad que no?
- Claro...
- Es lo que digo. Tiene que haber otra razón. Algo menos sórdido...
- Le agradezco sus declaraciones, Monseñor.
- De nada, amable periodista. Y sepa usted, que he orado fervorosamente por la pronta recuperación de Doña Lucrecia. Que Dios lo bendiga, tanto a usted, como al medio que representa.
- Gracias, Monseñor.
 
 
 
 
 
 

domingo, 5 de junio de 2011

(22) Las cocadas

- Hola Pía. ¿Está mi prima?
- Pasa, Eubolia. Adela está en la cocina terminando unos dulces de coco. Yo voy de salida.
- Qué bien que esté ocupada. Y qué rico... Le salen buenísimos.


- ¡Euboliaaaa! Mira que delicia preparé.
- ¡¡¿Quéééééé?!!
- Cocadas, pué...
- ¡De dónde sacaste ésto!
- Loj coco... Loj traje del pueblo...
- ¡Eso ya lo sé! ¡Las cubiertas, digo!
- ¿Las galletas? Son p'a que no se pegostreen...
-  ¡Jesús me ampare! ¡¿De dónde las sacaste?!
- El otro día... Cuando t'ejtuve ejperando...
- ¿No me dijiste que te habías quedado sentadita?
- Ya no aguantaba laj nagaj Eubolia. Así que salí a dar una vuelta. Encontré una como iglesia.
- La capilla reservada de Monseñor.
- Si. Na' máj abrí la cajita de metal ésa. Una bonita, con la llavecita como de oro...
- ¡¿El Sagrario?!
- No sé cómo se llame, pué... Esa, que dentro tiene un copón.
- ¡El cáliz!
- Y saqué unaj galletas. Ejtaban tan bonitaj y blancas, que me dije: "Me voy a llevar unaj cuantaj p'hacer mis delicias de coco".
- ¡¿Quééééé?!
- Vieras que así no se pegan y quedan bien formaditas.
- ¡¡¡Pero, eran las Hostias Consagradas que Monseñor destina al Viático!!!
- Eso sí no sé. Como no se les nota nada...
- ¡A mí, me da un ataque!
- Yaaaa, los dulces quedaron retesabrosos, ¿a poco no?
 
 
 

sábado, 4 de junio de 2011

(21) Adela en la curia

- Qué se le ofrece, señora?
- ¿Ejtá mi prima Eubolia?
- Salió a unos encargos. ¿Desea esperarla?
- ¿Ujté ej el cura de aquí?
- Jajaja. No, sólo soy uno de los asistentes de Monseñor. Mi nombre es Adrián.
- Mucho gujto, soy Adela.
- Encantado.
- Oiga ¿Y ujté tiene novia?
- ¡Cómo cree! Soy seminarista.
- P'os debería bujcarse una monjita p'a que le haga compañía...
- Mejor, pase a la cocina, ahí puede esperar a su prima.
- Qué bueno, porque tengo que dejar un regalo que traje p'a monseñor.
- ¿Eso que huele tan raro?
- Ha de ser, pué...
- Acomódese ahí en lo que llega Eubolia. Yo voy a seguir con mis ocupaciones. Tengo que enviar un e-mail con urgencia.
- Por mi no se preocupe güerito, aquí me quedo bien tranquila.

Rato más tarde...

- Adela... ¿Qué haces aquí?
- Vine a verte y me abrió la puerta el curita.
- Será uno de los seminaristas. ¿Te dijo que era Adrián?
- Ése mero... Dijo que no sé qué del imel.
- Sí, todo el día se la pasa con el bendito imel.
- Ha de ser. Si es religioso...
- Oye, mientras estuviste sola... ¿No habrás estado hurgando en la curia, verdad?
- Noooooo, prima. Aquí m'estuve sentadita, mirando los tegogolos.
 
 
 
 

viernes, 3 de junio de 2011

(20) Noticias alarmantes

- ¡Adrián!
- Mande, Monseñor.
- ¿Ya enviaste el e-mail a Roma, recordándole a Monsignore Lamprea que el Obispo Diocesano ya superó -con creces- la edad canónica para ser titular?
- Es la quinta carta que despacho.
- Esos burócratas vaticanos... No tienen respeto por mi trabajo pastoral. Parece que me quieren de coadjutor in aeternum.
- Por cierto, Monseñor. ¿Doña Lucrecia no es la persona que vino el otro día a confesarse? ¿La que lo estuvo llamando repetidas veces y Usted se negó a responderle?
- Sí, Adrián. ¿Por qué?
- Fíjese lo que dice el periódico de hoy.
- A ver, hijo...
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Villa de las Flores, Ver. 3 de Junio de 2011. De nuestra redacción

Otra muestra de inseguridad

En un brutal atentado a la seguridad pública, fue atacada por una banda de sicarios la conocida y devota señora Doña Lucrecia Zaldívar Batlló y Miramón, dirigente de la Sociedad para la Moralidad y las Buenas Costumbres A.C.  El ilícito cometióse a la salida de una renombrada casa de cambio de nuestra ciudad, donde se le acercaron unos presuntos individuos que, luego de asaltarla, le dispararon con armas de alto poder. Se cree que la visita a la negociación se debió a que, la dama en cuestión, debía viajar al extranjero para recibir una condecoración por sus tareas filantrópicas. Al cierre de la edición, aún no se tiene un reporte oficial sobre su estado de salud, ni sobre la identidad de los agresores. Numerosas organizaciones civiles, de corte religioso, han expresado su condena a esta nueva muestra de la inseguridad que impera en nuestro medio, y exigen a las autoridades que se esclarezca de inmediato el delito. Seguiremos informando.

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- Monseñor, ¿qué terrible, no?
- El sacrificio de sus frutos lo veremos en el fervoroso sufrimiento. Ello nos impone la grave obligación de retornar  a la unidad.
- ¿Cómo dijo?
- Nada, nada... Pero insiste.
- Insisto... ¿con qué?
- ¡Con el e-mail a Monsignore Lamprea!
 
 
 
 

jueves, 2 de junio de 2011

(19) Adela en casa de Pía

- Mira, Pía. Ésta es mi prima Adela.
- Mucho gusto.
- Igualmente. ¿Aquí me voy a quedar?
- Sí, m'hija. En la curia no hay sitio para ti.
- Pásele, Adela. Siéntase como en su casa.
- Y ánde pongo mis bultos, pué...
- Mire, ésa es mi habitación... Y junto - en la que perteneció a tía Hilda- allí estará usted.
- ¿Y no será que ejpanten? Porque eso de dormir en camas de muertos...
- ¿Cómo crees, prima? Agradece  a Pía que te dará alojamiento...
- 'Ta bueno... ¿Y mis cajas?
- Ahí las acomodamos, Adela, no se preocupe. ¿Son muchas cosas?
- Ya ve... Traje cocos, porque loj que tráin a la ciudá no sirven. También unos tegogolos p'a monseñor.
- ¡Jesús! ¿Y aún estarán buenos?
- Mi ropa... Jabón en polvo...
- ¿Jabón?
- Sí... el de acá no lava.
- ¿Qué más?
- Mi majcota y un regalo.
- ¿Qué mascota?
- La Ernejtina... mi iguana.
- ¡¿Quééé?!
- Viera qué buena es... No deja cucaracha con cabeza.
- ¿Y lo otro?
- Un armadillo.
- ¿De mascota?
- Noooo, ése ej p'hacer unoj tamales bien sabrosos.
- ¡Pobrecito...!
 
 
 
 

miércoles, 1 de junio de 2011

(18) La llegada de Adela

- ¡¡¡Prima Euboliaaaaaa!!! ¡¡¡Prima Euboliaaaaaaaaaa!!!

Los pasajeros de la terminal de autobuses se alarman al oír los gritos estentóreos, que atraviesan la sala de espera, proferidos por una señora a la que pareciera estuvieran asaltando.

- ¡Adela, por Dios! No grites, m'hija.
- ¡Ven a saludarme! Y rejcátame dejte cabrón de la carretilla que ya se quiere llevar mis cosas... ¡Baje mi equipaje, coño!
- Pero, prima... ¿Qué tanto trajiste? ¡Nosotras, no vamos a poder con todas estas cajas!
- 'Ta bien... Pero no le quites un ojo d'encima ¿eh? Que aquí en la ciudá hay mucho ratero...
- Oiga señora, yo soy decente...
- Ajá... Eso dicen todos... Mira... Mira... Ahí va el chofer del camión... ¡¡¡Operador!!! ¡Muy mal viaje, eh!
- Ya cállate, Adela.
- No, deja que le digo... ¡Desde Alvarado apagó ujté el aire acondicionado y llegué toda sudada del calor que hacía! Vaya a saber cómo llegó mi majcota... La próxima le rompo un vidrio p'a que entre el aire ¿Me oyó?
- Basta, Adela. Vámonos, por dios... ¿Dijiste mascota? ¿De qué hablas?
- Luego te cuento, prima. Vamos de una vez, que con tanta gente me pongo nerviosa. ¡¿Dónde ejtá el taxi, chingao?!
- Baja, la voz... Y no digas groserías que aquí no se acostumbran.
- ¿Cómo chingao que no?  Aquí, en Villa de las Flores, se hacen los ejtirados y que muy cultos, pero tienen el culo p'atrás, como todos. ¡¡¡Taxiiiii!!!
- Espérate, éste llega. Hay que formarse en la fila de salida y sacar un boleto.
- ¡Qué boleto ni que madres! Vamoj a subirnoj a ejte... Ya estoy muy cansada.
- ¡Válgame!
 
 

 

martes, 31 de mayo de 2011

(17) Doña Lucrecia

- No, Rubén. Ya te he dicho que no puedo atender a esa señora... ¡Que vaya con su confesor! Yo no estoy para esas cosas...
- Insiste, Monseñor. Y como es dirigente de la Sociedad para la Moralidad y las Buenas Costumbres A.C., de la cual la señorita Catalina, su hermana, formaba parte...
- ¡Sólo éso nos faltaba! Que presione al obispo para que la confiese...
- ¿Qué le digo, pues?
- Hazla pasar... Me veo obligado.

Entra la altiva Doña Lucrecia  Zaldívar Batlló y Miramón. Con paso firme, se dirige a un reclinatorio forrado en terciopelo y se hinca.

- Señora, permítame que me ponga la estola.
- Desde luego, todo debe hacerse del modo correcto ¿no?
- Ave María Purísima...
- Sin pecado concebida.
- ¿Cuánto hace que no te confiesas?
- Desde ayer, Monseñor.
- Siendo así, no tendrás demasiado que referir...
- No crea... A mi confesor sólo le digo naderías, para tenerlo contento. Pero a usted le voy a relatar unas cuantas cosas.
- ¿De qué te acusas, entonces?
- Yo le puse el pié a Catalina.
- ¡¿Cómo?!
- Lo que oye. Provoqué su caída a la salida de la iglesia, hecho que -finalmente- la llevó a la tumba, pobrecita...
- ¿Y lo dice así, tan tranquila? ¡Causó la muerte de mi santa hermana!
- No exagere, Monseñor... Bien sabe usted que no era ninguna perita en dulce.
- ¡Cómo se atreve!
- Me atrevo, porque estando en confesión, usted me tiene que oír ¿o me equivoco?
- Mhhhh... Así es...
- ¡Ahora, me oye y se calla!
- Pero...
- ¡Pero, nada! Su hermana era una mala persona, no nos hagamos. Hasta usted sintió alivio cuando se quedó solo. Finalmente podía hacer su vida sin "estorbos", digamos.
- No es así... Ella siempre fue un apoyo.
- ¡Qué va! Ni se imagina los horrores que me reveló de usted. Que los seminaristas... Que los retiros... Que los viajes al extranjero... Que las propiedades...
- ...
- Sí... Estoy al tanto de todo.
- ¿Qué quiere de mi?
- La editorial, el programa de televisión, y las accio...
- ¡Eso es imposible!
- ¿Ah, si? ¿Ya se olvidó usted a quién le debe la carrera eclesiástica? Mi padre, el Lic. Zaldívar, por si no lo recuerda, lo bajó del cerro y mantuvo sus estudios en el seminario. De no haber sido así, seguiría usted criando borregos en un rancho. ¿O qué?
- ¡Esto es intolerable! ¡No voy a soportar sus ofensas!
- ¿Ajá? ¿Y me va a negar el Sacramento de la Reconciliación? ¡Sólo eso bastaba! Su falta de clase y vulgaridad se aproximan a su poco profesionalismo.
- ¡Yo soy el obispo!
- Me importa poco... Usted, debería entender que nuestra familia, una de las fun-da-do-ras de la nación, está por encima -digamos- de las convenciones. Las creencias del pueblo y la sencillez de sus costumbres no nos tocan. Lo que es intolerable, es la falta de orden...
- A sus pecados debo agregar el cinismo...
- Como quiera. Me importa un comino su opinión. Lo que quiero, en realidad,  es la mitad de las acciones de la constructora. La editorial y el programa son seulement pour la galerie...
- Es que... Es que...
- Es que, nada. ¿Sí o no?
- Me tiene acorralado. Déjeme y veo cómo.
- Véalo rápido. Me voy a New York la semana entrante.
- Sí, señora.
- Ahora, la absolución ¿no?
- Ego te absolvo in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
- Amen.
 
 
 

lunes, 30 de mayo de 2011

(16) La prima

- Ay, Pía. ¡Ay, Pía...!
- ¿Qué tienes Eubolia? Te noto muy alterada.
- Figúrate que viene mi prima Adela.
- ¿Y eso qué?
- No, no te imaginas... Es una metiche tremenda.
- ¿Cómo?
- No sé si te conté que soy originaria de Sontecomapan.
- ¿A poco? Con razón tu acento no se me hacía de aquí...
- Tiene tantos años que me vine para la sierra, que no se me nota tanto.
- ¿Y qué pasa con tu prima?
- Me mandó una carta. Dice que viene a visitarme.
- Qué bien. ¿Ver a la familia es agradable, no?
- Pero ella... Pero, ¡justo ella!
- ¿Es mala?
- Nooooo, es un alma de Dios. Pero muy impertinente y... ¿cómo decirlo...?
- ¿Costeña?
- ¡Eso m'hija! ¡Costeña, de las bravas!
- Ay, Señor...
- Tiene la teoría que, ya que a curas y monjas se les dice "padre" y "madre", deberían casarse entre ellos para hacerlo realidad. ¿Te imaginas?
- ¡Híjole!
- No puedo alojarla aquí... Monseñor no la soportaría.
- No, p'os no.
- ¿Qué voy a hacer?
- Si quieres -digo- yo puedo alojarla en casa...
- ¿Harías eso por mí, Pía?
- Seguro... No es peligrosa, ¿no?
- Para nada... Ya te dije, es buenísima. Pero muy... muy... Bueno, ya la conocerás.
 
 
 

domingo, 29 de mayo de 2011

(15) Otra prueba de pureza

- Estoy muy preocupada Pía.
- ¿Por monseñor?
- Sí, m'hija. Hace demasiados sacrificios...
- ¿Como qué?
- Hace dos días me dijo: "Eubolia, quiero que para la tarde me tengas listos unos buñuelos de viento, con miel de piloncillo, claro. También las galletas de anís que tanto me gustan. No deben faltar unos camotes rellenos de piñón. Si no te da tiempo de prepararlos, consígueme unas palanquetas, muéganos, alegrías y jamoncillos. Haz el chocolate con leche a la española, ya sabes que es mi debilidad".
- ¿Y a poco se comió todo eso?
- No, m'hija... Eso es lo raro.
- ¿Cómo?
- Una vez que tuve la mesa puesta para la merienda, con todas esas delicias, se paró a un lado viéndolas con fruición.
- ¿Y?
- Luego de un buen rato me dice: "Levanta todo y llévalo al asilo. No he de comer nada de esto. No lo merezco. Será mi sacrificio".
- ¿A poco?
- Y esto no paró ahí...
- ¿Más?
- Ayer llegaron los seminaristas muy temprano. A diferencia de otras ocasiones, en que visten de modo informal, se pusieron las sotanas y el alzacuello. El pelo bien repeinado con gel. Y lo que me alarmó era el rostro tan solemne que traían.
- ¿Qué sería?
- En cuanto los vió me dijo: "Eubolia, que nadie me moleste, estaré tratando unos graves asuntos con los jóvenes". Y se encerró con ellos en su recámara.
- ¿Y qué pasó?
- Figúrate que me quedé de lo más intrigada...
- Sobre todo después de lo que viste hace unos días.
- ¡Exacto! Así que me subí al ático. Allí, entre unas tablas se puede ver, por una grieta del falso plafón, lo que ocurre abajo.
- ¡No digas!
- No es que yo quiera espiar, es una cuestión de seguridad... No sea que en algún momento tenga que asistir a monseñor y no sepa si entrar o no. ¿Qué tal si le da un infarto y no me entero?
- Eso, sí... ¿Entonces?
- Monseñor estaba de rodillas, sin la camisa, y con los brazos en cruz.
- ¿Y los jóvenes? ¿También sin camisa?
- Noooooooo. ¿Cómo crees? Con la sotana completa y el alzacuello. Pero...
- ¿Qué?
- Con unos largos cinturones de cuero negro, alternativamente, le dieron una azotaina espantosa. Tenía toda la espalda cruzada por los latigazos, y hasta le salía sangre.
- ¡Qué horror! ¿Y no se quejaba?
- Vieras que no.
- ¿No?
-Tenía un rostro de beatitud... Casi te diría que se hallaba en éxtasis. ¿Ves que es un santo?
- Si, claro.
 
 

 

sábado, 28 de mayo de 2011

(14) La versión de Lupita Cassandra

- Pero ¡m'hija! ¿Qué te pasó en el pelo?
- Ay tía... Me cortaron las rastas en casa de mi amigo Charly.
- ¡¿Por qué?!
- Viera tía... Fui a una fiesta ¿no? Allí todo iba bien. Los chavos oyendo música, tomando refrescos y agua, como Dios manda.
- Claro, Lupita. O... bueno... el Óxil, según yo...
- De pronto, que llegan dos amigos nuevos de Charly. Muy guapos, ambos. Y que me pongo a platicar con ellos.
- ¿Y eso qué tiene de malo?
- Nada, tía. Por eso le digo... Pero, tanto a Charly como una chava llamada Wendy, parece que les enojó que los chicos me dieran conversación.
- ¡Vaya!
- Pasado un rato, me sentí algo cansada. Ya ve que las fiestas, a veces, abruman.
- Sí, m'hija...
- Así que me recosté un rato en el sofá para descansar. Entre tanto, los demás invitados platicaban y oían música.
- Todo muy tranquilo, por lo visto.
- ¡Claro tía!
- ¿Entonces?
- Cuando me despierto... Voy al baño ¿y qué cree? ¡En el espejo, descubro que me habían mal cortado las rastas con una tijera!
- ¡Qué barbaridad! ¿Y, por qué?
- No sé, tía... Celos, supongo.
- ¡Qué cosa!
- Así que tuve que ir con Christian, a que me rapara completa. Tal como estaba, parecía loca de hospicio.
- ¿Y en tu casa qué dijeron?
- Nada... Como no saben de modas...
- Ya no irás más a esas fiestas, me imagino.
- ¿Cómo cree? Son mis amigos...
 
 
 
 
 

viernes, 27 de mayo de 2011

(13) Dos viejos amigos

- ¡Rubencito! Tanto tiempo de no verte.
- ¿Qué onda Christian?
- ¿Qué haces tan temprano en la calle? Y encima vestido de cura... Jajajajaja.
- Ya ves... Desde que soy asistente del obispo tengo muchas obligaciones. Me citó con urgencia. ¿Y tu?
- Voy para la estética, mi amosh. Anoche fui a la fiesta del Charly y no dormí nada...
- ¿Y qué tal se puso?
- La loquiur... Al principio todo iba bien, pero terminó como cena de negros...
- No me digas... Por suerte, la gracia divina me ha apartado de ese universo de sensualidad mundana.
- Bueno, tampoco es para tanto, ¿eh? Pero, sí. Pasamos de la fiesta al aquelarre en cosa de minutos.
- ¿Por qué?
- La Wendy y la Cassandra que se ponen bien pachecas, güey.
- Para variar...
- Y como el Charly había invitado a unos chichifos nuevos, éstas que se los agandallan.
- ¡Válgame!
- Empezaron las discusiones... Como dijera Paulina: "¡Ese hombre es míooo, míooo, míooo...!". Ya te imaginarás...
- ¿Y los demás invitados?
- Valió madre... Todos bien pedos... Nadie se metió, güey. A las morras no había quién las parara.
- Uyyyyy.
- Luego de unos jaloneos y catorrazos bien cabrones, se quedaron dormidas. Yo, cuando me desperté, me metí al baño (que estaba hecho un asco). Me aclaré un poco el rostro y aquí me tienes, rumbo al trabajo, ni modo.
- Vaya... Tampoco estuvo tan diferente de otras veces ¿no?
- No, claro... Lo de siempre, ya sabes.
- Bueno, te dejo Christian. Monseñor me espera.
- A ver qué día pasas por la estética. Ese pelo tan relamido no te sienta bien...
- No lo creo necesario. Me interesa, mucho más, el desarrollo del espíritu que la vil y frívola apariencia.
- P'os qué pena... Porque estás bien galán, güey.
- Como dice monseñor: "El sacrificio, como toda obra fecunda, nos lleva a la gozosa emoción de servir. El sufrimiento y las dificultades animan el corazón del hombre".
- Órale. Tu vida se ha vuelto demasiado tranquila, Rubencito.
- Digamos que sí... Bye.
- Ciaooo.
 
 
 
 

jueves, 26 de mayo de 2011

(12) Las monjas

- Pasen hermanas. Monseñor ya no tarda. Aquí estoy platicando con Pía ¿La recuerdan verdad? Ella ha trabajado mucho para su obra.
- Ciertamente... Buenas tardes... Pero, hace tiempo que nos tiene abandonadas ¿Verdad, hermana?

Ambas religiosas examinan de arriba abajo a Pía, con gesto desaprobatorio.

- Cuando la apariencia exterior predomina sobre los dones del espíritu, se encoge el corazón del hombre... Vanitas non liberavit.
- ¡Ejém! ¿Por qué no se ponen cómodas? Aquí tengo un chocolatito que les vendría bien con este frío.
- No, no es necesario que nos sentemos. Vamos a esperar a monseñor de pié. Un pequeño sacrificio siempre es apreciado por nuestro Esposo.
- ¡Es que somos tan felices!
- ¡Somos dichosas! Regalamos lo poco que somos, esta pequeñez,  esta insignificancia a Nuestro Señor. ¡Él, que es Magnífico e Invencible!
- ¡Por algo lo desposamos...! Nuestra boda no fue como la de las pobres mujeres del mundo... Ellas tienen maridos comunes, hijos, obligaciones... Pero nosotras... ¡Qué va! Somos esposas consagradas y sumisas a Su voluntad. Ofrendadas en cuerpo y alma a Su servicio.
- ¡Totalmente entregadas a Él! ¡Por Él! ¡Para Él!, ¡Ante Él!, ¡Con Él!  y ¡En Él!
- Bendito sea nuestro Esposo Celestial...
- Él cuida de nosotras. Nos conforta en nuestras aflicciones. Nos llena y nos complace. Nos alienta a seguirlo y adorarlo.
- ¡¿Y cómo no adorarlo?! Él es el único esposo ver-da-de-ro posible.
- Él siempre está presente... No nos abandona... Nos protege... ¡Nos ama con locura!
- ¡Qué gozo enorme produce orar ante su cuerpo herido y sangrante!
- Somos tan dichosas...
- Tanta alegría no cabe en nuestros corazones...

Llega monseñor, e interrumpe el apasionado discurso de las monjas. Las religiosas le besan respetuosamente el anillo y lo siguen prontamente a las oficinas. Deben tratar el escabroso tema del reparto de los donativos ingresados al convento. Las partes saben que el acuerdo suele llegar luego de agrias y tensas discusiones crematísticas. Eubolia y Pía se miran con intriga cuando oyen que las voces se elevan, más de lo prudente, traspasando puertas y corredores de la curia.

- A pesar de lo que dijeron, yo les vi el rostro melancólico, Eubolia.
- Sí, m'hija. Tener un hombre, de a de veras, no es tan malo como ellas dicen.
- ¿Y tu cómo lo sabes?
- Estuve casada, Pía. Sólo que murió joven, y me vine al servicio del obispo.
- ¿En serio? No me lo imaginaba...
- Es que hace poco que platicamos más en confianza, ¿no?

 
 

 

miércoles, 25 de mayo de 2011

(11) Eubolia y las telenovelas

- Dígame... ¿Qué se le ofrece?
- Buenos días, Eubolia.
- ¿Me conoce?
- Soy yo, Pía. ¿A poco estoy tan cambiada?
- ...
- Sí, soy yo...
- ¿Qué te hiciste, m'hija? ¡Pareces otra persona!
- ¿Otra bien, u otra mal?
- ¡Muy bien, m'hija!
- Ya ves... Mi sobrina Lupita me llevó al salón de belleza.
- Ah, caray... Te pareces a la actriz esa que salió en "Camino al amor".
- ¿Cuál, la que extraviaba la hija, y ella se quería casar con su hermano?
- No, no... Esa fue "Amor en la sombra"...Yo digo otra... La mala de "Nunca, mi amor". La  que le pegaba a la sobrinita discapacitada.
- Ahhhh... Me parece que la recuerdo... ¿Aquella que le habían quitado el hijo en el hospital y cuando se encuentran -muchos años despues- ella lo acosa en la empresa?
- Esa. Creo... No sé... Tenía una música tan bonita...
- Si.
- Como de violines ¿No?
- No... la música de violines era la entrada de "El amor vive en mi".
- ¿Tu dices ésa en que la protagonista es una meretriz que vende los hijos que le hacen los clientes?
- Ésa, mera. Una actriz muy guapa...
- Así te ves ahora, m'hija.
- Me haces sonrojar...
- No seas modesta... Ven, hice unos buñuelos de rodilla que están para chuparse los dedos.
- Gracias, pero ahora debo cuidar la figura... Ya me lo dijo Christian: "Nada de grasas, postres, carnes rojas o antojitos, ¿eh?". Pero te acepto un té de hierbabuena, ya ves que refresca el aliento.
- ¿Christian es tu médico?
- No, el peluquero.
- Ahhhh.



  

martes, 24 de mayo de 2011

(10) Pía en la estética

- ¡Cassandra, divinaaa!
- ¿Qué hubo, Christian? Mira, aquí te presento a mi tía. Le urge un fashion emergency. Trae un pinche look del nabo...
- Mucho gusto, ¿cómo te llamas?
- Pía, joven.
- Ay, qué chistoso... Tu tía Pía... jajaja.
- ¿Por dónde vas a empezar?
- Mira Cassandra... Esto se va a llevar algo de tiempo. Primero un corte modershno... Un défilé ¿Ves? Luego tinte, shampoo, tratamiento, y -al menos- una mascarilla para quitarle los puntos negros y darle luminosidad al rostro. Desde luego, depilación a la cera. Porque, así como está, va para Zapata que chuta... Jajajajaja. Ay, ¡perdón, mi amorsh! no quise ofenderte. ¿Es broma, eh? Después, maquillaje: base, corrector, rubor, delineador, labial, y todo lo demás. ¡Va a quedar di-vi-na!
- ¡Perfecto!
- Y no olvidemos: manicure, pedicure, y todos los cures que surjan... Jajajaja.
- Oiga Don Christian ¿Y quedaré bien?
- So-ña-da, chula. Verás que no podrás quitarte los hombres de encima...
- Cómo cree, no es mi intención (me conformo con el muchacho del agua purificada).
- (Christian al oído de Cassandra) Me encanta esto de ser el hada madrina de Cenicienta... Jajaja.
- Pinche jota, güey.
- ¡Manos a la obra! Pasa por aquí, mi amorsh. Siéntate.
- Bueno Christian, ahí te la encargo. Vuelvo en un par de horas.
- Sale. Ya verás qué transformación.
- Ojalá.

(Tiempo después)

- Hola... ¿Dónde anda mi tía?
- Ahí está.
- ¿Dónde? No la veo.
- Aquí, m'hijita.
- ¡Óraleeee! ¡No lo puedo creer! ¡Quedó genial, Christian!
- Ya ves, te lo dije. Mi lema es: "No hay mujer fea, sólo mal producida".
- Tienes razón, güey.
- Fíjate que tengo una... Bueno, un... amigo que, de hombre, es más feo que un culo (¡con perdón!), pero cuando se viste... Ay, tú... ¡Es una verdadera reina de la pasarela internacional! ¡Ru Paul se queda pendeja al lado de ella!
- Me imagino... Bueno, ya nos vamos. Todavía tengo que buscarle ropa, porque las garras que carga están de la patada.
- ¡Claro! Por cierto... ¿Irás a la fiesta de Charly? Dicen que se pondrá de poca mother.
- Ni idea... Igual ahí nos vemos. Bye.
- ¡Bye, chulas! ¡Cuídense!
 
 
 

 

lunes, 23 de mayo de 2011

(9) Pía se sincera con Cassandra

- ¡Tíaaaaaa!
- Ahí voy, m'hija... Deja que saque la tranca de la puerta que está bien pesada...
- ¡Por fin, tía!
- Pásale m'hija. Qué bueno que viniste, Lupita. Quería platicar contigo.
- Usted dirá, tía. Para qué soy buena.
- Te habrá sorprendido lo que te dije el otro día.
- Algo, tía. Siempre me anduvo criticando ¿no?
- P'os sí... Pero es que andaba ciega.
- ¿Cómo?
- Sí, m'hija. Ya ves que no salía de la parroquia... Las visitas a monseñor... Apoyar a las madres adoratrices.
- Sí, claro.
- ¡Pero me cansé!
- ¿Y eso?
- Tanto rezar y rezar, y nada...
- No, p'os si... ¿Y qué pedía, pues?
- Un novio.
- Whaaaat??? Ay, perdón, tía. ¿Un novio, dijo?
- Tengo derecho, ¿no?
- Seguro. ¿Y entonces?
- Me cambié de bando...
- ¿Cómo dice?
- Sí, Lupita. Me pasé al bando contrario.
- Tía... ¿Se volvió satánica?
- Sí, m'hija.
- Me deja helada.
- Pensé que te daría gusto. Como, tu... Bueno... Tu también, ¿no?
- Mire, tía. Yo soy dark. O sea, me gusta el lado oscuro de la vida... Me visto de negro... Mis amigos góticos se parecen a Drácula. Eso que ni qué. Pero de ahí a ser satánica... P'os no exactamente...
- ¡Pues yo, sí! Las cosas como son. Nada de medias tintas.
- Órale... (¡Híjole, la ruca está bien tocadiscos!)
- Por eso te mandé llamar. Por un lado quiero que veas mi altar nuevo, a ver si te parece bien.
- Ajá...
- Y por otro, quiero que me ayudes.
- ¿Para?
- Verme bonita...
- P'os... p'os... Ok... Déjeme que piense cómo...
- Ven a mi cuarto.

Frente a la custodia de plata que Pía sustrajo del blocao curial, reza quedamente las nuevas oraciones que inventó,  inspiradas en el Malleus Maleficarum. Con la vista fija en el condón (que resultó del tipo "glow in the dark", con reverberaciones verde fosforescente) repite:

- Yo me arrepiento de haber creído ciegamente en el lixo. Besé el túdimo, le oré al yéscalo y di fe de la fogolia. Hoy no sé qué creer. Por el lixo, cometí los más horrorosos yírtulos. Abodé las vidas de mis semejantes. Espicré el más básico erpétulo. ¿De qué sirvió? ¡De nada! Ahora le figo al óxil. ¡El Óxil es mi tíbalo! Vendilatio Oxil.

Lupita Cassandra no sabe qué hacer. Por un lado le hace gracia y por otro le da miedo verse involucrada en algo que quién sabe cómo termine. Pero decide ayudarla en lo que puede.

- ¿Y, Lupita? ¿Qué te pareció?
- Chido... (P'a su madre...).  Bueno, ya me voy, tía. Mañana por la mañana paso por Usted y la llevo al salón de belleza.
- 'Ta güeno m'hija. Ve con Di... digo... ¡Que te vaya bien!
 
 
 
 

domingo, 22 de mayo de 2011

(8) Prueba de pureza

- Eubolia, te tengo que contar lo que me dijo mi sobrina Lupita Cassandra.
- Dime, pues. ¿A poco es el demonio?
- Nada que ver. Dizque la computadora también puede dormirse.
- ¿Quééé?
- Lo que oyes. Y que así como se duerme, se despierta si la tocan.
- ¿A poco?
- Sí, Eubolia.
- ¿Y las fotos?
- Dice Lupita que alguien las bajó. Que, como no apagaron la computadora del todo, apareció lo último que estuvieron viendo.
- ¡Jesús me ampare!
- Ya ves...
- No puede ser... ¡Ese hombre es un santo!
- ¿Y los seminaristas?
- Tampoco, Pía. Es imposible.
- ¿Seguro?
- Con decirte que el otro día, al levantarme de la siesta medio adormilada, entro a la recámara de monseñor sin golpear la puerta.
- Ajá.
- Oí unos ruidos raros que venían del baño.
- ¿Y?
- Voy de puntillas, para no molestar, claro. ¿Y qué crees?
- Me tienes en ascuas, Eubolia.
- Estaban los dos seminaristas sentados, con los pantalones arremangados y las piernas al aire.
- Ajá. ¿Y?
- Monseñor, humillado, de rodillas frente a ellos, les estaba lavando los pies y
besándoselos.
- ...
- ...
- ¿Como en semana santa?
- ¡Eso mero!
- Caray...
- Seguro estaban practicando...
- Ahhhhhhhh.
- Por eso te digo... Todos son unos benditos del Señor.
- ¿Sí, verdá?
 
 
 

sábado, 21 de mayo de 2011

(7) Lupita Cassandra, consultora

- ¡Lupita Cassandra! ¡Ven a saludar a tu tía!
- ¡Vooooy!

- Oye güey, te dejo. Acaba de llegar la prima de mi jefe y me están llamando.
- ¡No mames güey! ¿Qué chingaos querrá la ruca?
- Sepa, güey... Pero ya ves que mi jefa también se pone nerviosa cuando viene. No para de hablar de la iglesia, de que no me controlan, que ando perdida y la chingada.
- ¿'Tons qué güey? ¿Nos vemos a la noche con la banda?
- ¡Claro güey! Esa tocada no me la pierdo por nada, güey.
- Oye Cassandra... ¿Tendrás unas sabanitas? Porque a mi se me acabaron y no encontré de las buenas. Traigo unas colitas de borrego de puta madre.
- Seguro, güey. Al rato te veo. ¡Cómo me caga esta pinche ruca!
- Tranquila, güey... Ahí nos vidrios.
- Bye.

- Lupita, m'hija... ¿Cómo has estado?
- Bien, tía. ¿Y Usted qué dice? Mucha iglesia, supongo.
- No, m'hija. Las cosas últimamente han cambiado.
- (¡...!)
- Pero ahora no quiero hablar de eso... Tengo una consulta que hacerte.
- ¡¿A mi?!
- Sí, m'hija. Fíjate que una amiga...
- La tal Eubolia, supongo.
- Ésa mera. Bueno...  el otro día tocó la computadora de monseñor y que se encendió sola. ¿No será lo que dizque es "un virus"?
- Nooooo, tía. Seguro que estaba hibernando.
- ¿Como los osos?
- Jajaja. Algo así, tía. Es como si se quedara dormida...
- ¿A poco?
- Y al tocar el teclado, digamos que se despierta.
- Ahhhhhhh. ¿Y las fotos?
- ¿Qué fotos?
- Las que aparecieron, como obra del demonio, en una casa santa.
- ¡Uchaleeee! Ya me imagino qué tipo de fotos serían...
- P'os no puedo decirte, m'hija. Pero decentes no eran.
- Seguro ahí estaban desde antes, pues. Se olvidaron de apagar la computadora y cerrar todo... Alguien las estuvo bajando, tía. Igual fue el mismísimo obispo.
- ¡Cállate, Lupita! No ves que esto es muy delicado.
- ¿Y quién va a ser sinó?
- No sé... ¿'Tons no es un virus?
- Ni de chiste. Bueno tía, la dejo porque al rato salgo con unos amigos.
- Sí, m'hija. Por cierto, qué bien se te ven las uñas pintadas de negro y esos como... como... eso del pelo, pues.
- ¿Las rastas?
- Eso.
- ¿A poco le parece bien?
- Me gusta, claro.
- Si Usted siempre criticó mi look, tía.
- Las cosas no son como antes, m'hija.


  

viernes, 20 de mayo de 2011

(6) Eubolia y la computadora

-¿Qué tal Eubolia?
-Bien Pía ¿Ora, qué te trae por aquí? Monseñor aún no llega.
-No vine por él... Pasé a saludarte.
-Entra, así platicamos un momento. Hice café de olla.
-¿Qué me cuentas? Tenía días de no verte.
-P'os aquí, ya sabes, mucho trabajo y poca paga... Jaja.
-Sí. Te noto como cansada.
-No dormí, m'hija.
-¿Y eso?
-Es que... No sé si contarte.
-¿Algo malo?
-No, pero...
-¿'Tonces?
-Resulta que antier, luego del desayuno, que me pongo a arreglar la recámara de monseñor.
-Ajá.
-Y que ordeno, tiendo la cama como le gusta, con las sábanas de lino bordadas por las madres adoratrices.
-Claro.
-Paso el trapeador... Lo de todos los día, pues.
-¿Y?
-¿Qué crees? Al pasar la franela por el teclado de la computadora ¡que se enciende sola!
-¡Ah, jijo!
-Yo pensé: "esto ha de ser obra del maligno".
-No me digas... (Si supiera que lo invoco a diario...).
-Pero eso no es todo... ¡Lo que había en la pantalla!
-¿Qué?
-No, no puedo decírtelo. Me da vergüenza, Pía.
-Cuenta... Cuenta...
-Te lo digo al oído. Aquí las paredes oyen.
-¿A ver?
-(...)
-¡Nooooooo! ¿De veras?
-Seguro, m'hija.
-Pero entonces él... (O sea, es de los míos. Mira por dónde...).
-No creo, Pía. Si es un santo... (Que lo compre el que se lo crea).
-Sí claro... Un hombre del Señor. (Del de abajo, como yo ahora).
-No sabía qué hacer. A ese aparato nunca lo toco, no se vaya a descomponer. Pero tampoco podía dejar esas fotos casi frente al retrato de Nuestra Madre Santísima...
-¡No por dios! ¿Qué hiciste, pues?
-Jalé el cable y se apagó.
-Bien hecho.
-Te digo que es cosa del maligno. Primero que se enciende sola, y luego que aparece eso.
-Ha de ser.
-Vieras que monseñor sólo dice: "Ya me llegó otro imel de Roma", "El imel de ayer todavía no lo respondo", "Tendré que mandar otro imel al párroco", y así...
-Ahhhh, mira. Yo no entiendo nada, pero mi sobrina Lupita Cassandra es bien abusada en estas cosas. Se la pasa todo el tiempo en la computadora o con el celular. Le voy a preguntar si qu'esque es “un virus”.
-¡Ándale! Me harás un gran favor, Pía. A ver si me quito esta preocupación de la cabeza.

 



 

miércoles, 18 de mayo de 2011

Legado

¿Se preguntarán los jóvenes por qué el disco duro de la computadora se llama "C:"? ¿Sabrán por qué no "A:" o "B:"? ¿Y por qué se le dice "disco duro" o "disco rígido"? ¿Acaso pudiera haber "discos blandos"?
 
 
 
 

domingo, 15 de mayo de 2011

(5) Pía y los pastores

-Yo creo que fueron los albañiles, Eubolia.
-Pero si ellos estuvieron un día antes que desapareciera la custodia, Pía. ¿Crees que vinieron de noche?
-¡Seguro Eubolia! Ya ves que se mueven como gatos...
-¡Jesús! Qué peligro m'hija...
-¿Y monseñor se enojó mucho?
-Náááááá. Ni se enteró. Como él anda tan ocupado...
-Mejor así.
-¿Cómo?
-Sí... Mejor así. No sea que te culpe de la pérdida Eubolia.
-¡Ni Dios lo mande!
-P'os si...
-Oye, ¿por qué has dejado de venir a las actividades pastorales?
-Ando bien rara, Eubolia.
-¿Y eso?
-No sé... Tengo muchas dudas.
-¿Sobre?
-Mira... "Actividad pastoral". "El pastor nos guía". "Sigamos al pastor".
¿No se te hace terrible?
-¿Por qué Pía?
-¿Qué hacen los pastores, pues?
-P'os llevarte, conducirte, guiarte.
-Sí, claro. Te llevan a comer pasto...
-¡Exacto!
-Te cuidan de los lobos ¿no?
-No podrías decirlo mejor.
-Después te trasquilan. Y -cuando ya no les sirves- te comen
asada.
-...
-¡Ah verdad...!
-Nunca lo vi así, Pía.
-No. Si éstos no disimulan... Te lo dicen con todas las letras... Sólo que una anda ciega.
 
 
 
 

sábado, 14 de mayo de 2011

Menos por menos

Al diablo le gusta la maldad y la traición. Si sus acólitos lo traicionan rezándole a dios. ¿Le dará gusto que sean malos con él?



 

viernes, 13 de mayo de 2011

Catemaco 2

Lago. Sombra. Miedo. ¡Espanto!

¿Hombre? ¿Mujer? Ninguno.

¿Bestia? ¿Criatura? Ambas.

¿Día? ¿Noche? Tinieblas.

Comienzo... Bombeé. Defiendo. Bombeé. Ceniza. Bombeé. Ató.

Pizarra. Saná. Escala. Saché. Potencia. Salí. Pinchó.

Tijera. Teté. Aguja. Tachá. Muñeco. Surcá. Bombeé.

Maldigo. Caé. Maldigo. Caí. Maldigo. Caé ¡Cayó!

¿Entonces? Paciencia...

¿Tiempo? Corto... ¡Murió!


viernes, 6 de mayo de 2011

(4) Un día en la vida de Eubolia

¡Monseñor! Pase, pase. ¿Cómo amaneció Monseñor? Mire, aquí le dejé su chocolatito y sus galletas de anís. Si me necesita, le voy a estar planchando los encajes. Ya sabe. Lo-que-se-le-ofrezca, Monseñor.

Pinche viejo retacón y engreído... ya me tiene harta con su salmodia... Eubolia esto, Eubolia aquello, Eubolia, “límpiame el faralá de la sotana, que no se ve bien acardenalado”. Desgraciado... Apenas es obispo y ya se siente cardenal, el muy faraute. Piensa que como vive en el blocao curial ya la hizo. Creerá que soy tonta. Pero, no cabrón. Seré bruta e inorante pero bien me doy cuenta que se pavonea como manucodiata delante de los seminaristas. Con ojos de huillín y voz de jarope, les dice que así como el señor caminó sobre las aguas, ellos tienen que hacerlo por la restinga. Quién sabe cuántas cosas más les contará al oído, que los hace ruborizar. Y eso que me hago pendeja cuando en su recámara encuentro...

¿Cómo dice Monseñor? ¿Qué traiga qué? ¿Y ande está? ¿Entre el ahuacal y el bambudal? A ver si no se me alborotan las gallinas que están culecas... Pero descuide, Monseñor, que mis friegas de saúco le componen la sinovia de las rodillas luego, luego. ¡Si usté es un santo!

 
 


jueves, 5 de mayo de 2011

La confesión

Al cabo de varias semanas de catecismo ya estamos acomodados, en una larga fila, para confesarnos antes de nuestra primera comunión. Aprendimos muchas cosas. Por ejemplo que los pecados veniales nos conducen al purgatorio, un sitio horrible. Pero que uno solo, ¡uno! de carácter mortal nos llevará derechito hasta la eterna condenación entre las llamas del infierno. También nos contaron que los judíos, como no creen en Dios, han recibido muchos y muy merecidos castigos. Hecho que les seguirá sucediendo a menos que se conviertan a la Fe Católica, Apostólica y Romana. Y lo peor, que todos los partidarios de la enseñanza laica (que no sé bien qué es, pero suena muy feo) son unos comunistas que quieren que el estado se haga cargo de nosotros y nos separen de nuestras familias. Por suerte, todos nosotros somos partidarios de la enseñanza libre.

Luego de formarnos en el gran patio del colegio nos hacen pasar a la capilla por una entrada lateral. En la semioscuridad interior apenas puede distinguirse la tenue luz de las velas junto a las imágenes dolientes, acostadas sobre terciopelo púrpura, en grandes urnas de cristal. Las monjas del coro, que apenas asisten dos veces a la semana, salen de pronto como si hubieran visto entrar al diablo. Velozmente, arrastrando las sandalias las sigue el hermano Paulino, nuestro catequista, quien cierra bruscamente el portón que da a la calle. Es raro, porque sólo somos niños de seis o siete años que, por el susto, estamos más serios y callados que nunca.

A diferencia de lo que esperábamos, no usaremos esa especie de ropero que tiene una reja lateral. Por el contrario, a la vista todos y en medio del pasillo está sentado un viejo sacerdote a cuyos pies deberemos arrodillarnos para reconocer nuestras faltas.

A medida que avanza la cola apenas puede distinguirse el bisbiseo que proviene del niño y del cura inclinado sobre él. ¿De qué hablarán? ¿A mi qué me irá a preguntar? Por las furtivas miradas de los que aguardamos en orden, todos pensamos más o menos lo mismo. Los que ya terminaron se retiran cabizbajos, como si los hubieran regañado, y se dirigen en forma dispersa a los reclinatorios donde rezan en silencio.

Finalmente ¡Jesús! es mi turno. Con temor me acerco lentamente y el Padre me señala perentorio que me hinque, quedando mi cabeza tan sólo a unos centímetros por encima de sus rodillas. De cerca la sotana huele a humedad, a ropa vieja o sucia, yo qué sé.

- Ave María Purísimaaa...

No levanto la vista pero no puedo dejar de fijarme en las manchas oscuras que tachonan las nacaradas y huesudas manos. Luego de lo que me parece un siglo respondo a la fórmula aprendida:

- Sin pecado concebida.
- ¿Cuánto hace que no te confiesas?
- Hoy es mi primera vez, Padre.
- ¿De qué pecados te acusas?
- Ehhh... Mhhh... No sé...
- Vamos, vamos... Durante el acto de contrición habrás recordado tus malas acciones...

De pronto me encuentro buscando, como en un catálogo, la lista de pecados posibles. Alguno debo encontrar rápido para salir del trance. Elijo uno bonito, que -según el caso- hasta pudiera resultar venial.

- Mentí, Padre.
-Ajá... ¿Qué mááás?

De vuelta al catálogo. Debo escoger otro... Rápido, otro...

- Tuve pensamientos impuros.
- Ya...

De pronto, el cura se inclina sobre mi. Puedo sentir el resoplido de su respiración detrás de mi oreja. Casi en un susurro, con un tono profundo, como si estuviera solicitando un favor, me pregunta:

- Y... ¿Te has tocado entre las piernas? ¿Eh...?
- ...

No sé qué decir. Todos los días al ponerme o quitarme los pantalones me toco las piernas, es imposible evitarlo. También cuando me baño... ¿Cómo me lavo si no puedo tocarme entre las piernas? De otro modo, la mitad de afuera me quedaría limpia y la de adentro sucia... El hermano Paulino nunca nos dijo que fuera un pecado...

- ¿Por fin? ¡¿Te has tocado?!
- Creo que sí, Padre.

De pronto sus manos se crispan. La voz del sacerdote aumenta y se vuelve dura. Aunque no puedo verlo, siento su mirada severa clavada en mi cabeza. Quisiera poder salir corriendo de allí.

- ¿Y no sabes que ése es un gran pecado? ¿Un acto que ofende muchísimo a Nuestro Señor?
- ...
- Piensa que cada vez que te tocas es como si lo volvieras a crucificar. ¿Eso quieres? ¿Que el Señor sufra nuevamente en la cruz por los actos impuros de tu asquerosa concupiscencia? ¿Eh?
- Si...
- ¡¿Cómo que sí?!
- Digo... No, padre.
- Espero que dejes entrar en tu corazón al arrepentimiento y -en consecuencia- no lo vuelvas a hacer nunca más. ¿Entendiste?
- Si, Padre.
- En penitencia rezarás diez padrenuestros y quince avemarías. ¿Quedó claro?
- Si, Padre.
- Ego te absolvo in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
- Amen.
- Ve con Dios.

Me alejo cabizbajo hacia el reclinatorio más cercano al altar. Rezo distraído el castigo encomendado. Debería estar feliz. Libre de pecado podré recibir la Sagrada Eucaristía por vez primera.



martes, 3 de mayo de 2011

¿Siglo XXI?

Noticias de hoy:

* Cenicienta se casa con el príncipe.
* Un polaco muerto hace milagros mediante un frasquito con sangre.
* Un certero tiro en la frente acaba con el malo de la película.

 

jueves, 28 de abril de 2011

Catemaco

Es difícil contar cómo suceden ciertas cosas. Ni yo mismo recuerdo el episodio con claridad. Creo que fue a orillas de la laguna de Catemaco donde se me apareció. Era algo espantoso. Indefinible. Una especie de sombra corporizada. Un ser que causaba espanto.
 Alguien me recomendó que acudiera a un curandero local. Un conocido brujo, a quien consulté preocupado. Me hizo muchas preguntas sobre la inquietante figura.  Si era parecida a un hombre, a una mujer, a un niño, o quizá a un animal. Le expliqué que era una criatura pequeña, como una bestia. Pero estaba seguro que se trataba de otra cosa.
 El brujo, decidido a ayudarme, empezó la ceremonia. Primero, con varios objetos hizo gestos amenazantes. Luego, mientras giraba en círculos, repetía palabras extrañas con ritmo de tambor. Cortaba el aire con unas tijeras, como si matara serpientes. Echó ceniza, escribió en una pizarra y cantó. Con una afilada aguja atravesó repetidamente un oscuro muñeco de tela, gastado por el uso. Hizo una mueca repugnante y dio un chillido final. 
Asustado salí a respirar el aire de la noche. Él vino detrás. Le pregunté si ya estaba terminado el hechizo. Me pidió paciencia. De pronto, con los ojos desorbitados, me gritó: ¡Murió! 
 

martes, 26 de abril de 2011

A contraluz

A pesar de su aridez el paisaje es armonioso, de una belleza algo extraña. Sobre las elevadas y ocres montañas resplandece el cielo con un azul casi falso, como de escenografía. De frente un sol enceguecedor brilla como si fuera de acero fundido. Mientras que al fondo, entre unos peñascos sombríos, vagamente se percibe a una gran multitud encaminándose hacia un punto que no puedo identificar por estar a contraluz. Al acercarme descubro que, despacio, como si no hubiera nada más que hacer, casi despreocupadamente, la gente se demora para descender los toscos peldaños de una gran escalinata de piedra. Sediento y sin otro rumbo posible, me dirijo hacia el único camino practicable.

Impaciente por las involuntarias detenciones de la muchedumbre, con agilidad me voy abriendo paso hacia abajo. Al cabo de un tiempo me sorprende descubrir que los escalones parecen seguir la curva abrupta del abismo, volviéndose cada vez más altos y estrechos. Con gran dificultad continúo la marcha tratando de guardar el equilibrio. La brillante luz frontal no me permite distinguir ni el paisaje ni el fondo. Sólo puedo ver un corto tramo de escalera, donde permanecen algunas personas detenidas a los lados, como indefinidos bultos oscuros.

La pendiente aumenta cada vez más. Hasta ahora se parecía a las escabrosas escalinatas de algunas pirámides mayas, pero ésta es aún mucho peor. El aire seco aumenta mi sed y me cuesta respirar. Me pregunto cuánto más durará este descenso. A pesar de la angustia debo seguir bajando. Comprendo que ya no hay regreso posible.

Los escalones se han constreñido y alzado, pero también la escalera misma se ha vuelto angosta. Apenas queda el paso libre entre las pocas personas que reposan con el cuerpo prácticamente en posición vertical.

Tiempo después, entrecerrando con fuerza los ojos entiendo que los bultos son eso y nada más. Exhiben la piel descarapeladada moviéndose tristemente al viento.

No sé cuántos cuerpos habré dejado atrás. Ahora la pendiente es tan violenta que temo resbalar en cualquier momento y caer al vacío.

Agotado por este vértigo atroz, como los otros, me debo detener.


 

lunes, 25 de abril de 2011

El comerciante mexica

Fíjate Ixtlixóchitl que un pinche soldado de la Castilla me cambió un
grano de oro por un espejito. Él cree que me estafó, y se fue muy
sonriente pensando "¡qué indio más bruto!". Lo que no sabe es que
yo a ese pedacito de metal lo hubiera podido transar por cinco
guajolotes, mientras por el espejito, que aquí es una novedad, me
darán diez. ¿Quién dice que perdí, pues? 



 

miércoles, 20 de abril de 2011

Las empresas bananeras

Durante mucho tiempo se habló de las administraciones fallidas (hasta cierto punto, según se vea) de las "repúblicas bananeras" cuyos dirigentes políticos se apoderaban de los bienes nacionales a su gusto. En ellas, el pueblo ha funcionado como un mero espectador del saqueo de sus dirigentes, sin poder modificar el esquema depredatorio de "su" propio país.

Por otro lado, en 1989 se cerró el ciclo de los experimentos socialistas que iniciaron con el siglo XX. Las burocracias "socialistas" (especialmente del este de Europa) demostraron su incapacidad para el bienestar general, pero una alta eficiencia en el enriquecimiento personal, así fuera a costa de las libertades individuales.

Desde hace varios años he venido observando el mismo proceso en el capitalismo "neoliberal" que aún persiste; y que -en honor a la verdad- debería ser llamado "neocapitalismo". Sorprende que ese tema no reciba una adecuada atención por parte de los economistas ortodoxos (tan buenos para explicar por qué pasó, lo que pasó, pero tan malos para predecir el futuro).

No hay que ser un genio en historia económica para comprender el gran cambio cualitativo del capitalismo de fin de siglo XIX comparado con el de fines del siglo XX. En el primero, grandes empresas (en su mayoría productoras de bienes tangibles) eran creadas por un propietario que controlaba de manera personal sus intereses. Quizá tuviera algunos socios (muchas veces de su propia familia), pero estaba claro que el progreso de su fortuna dependía, directamente, de la salud de la compañia.

Con los años, el concepto original de "industria" se extendió a la banca, los seguros, el transporte, el cambio de moneda, las calificadoras, etc., hecho que aún no entiendo cómo puede justificarse teóricamente; como si fuera lo mismo producir bienes de valor agregado -como automóviles- que mover dinero, papeles en la bolsa o calificar a gobiernos soberanos. ¿Acaso transar títulos en la bolsa causa impuestos? Porque fabricar libros, discos, medicamentos o alimentos, sí.

 Además, las grandes empresas fueron pulverizando su propiedad en multitud de accionistas. Hacia el fin del siglo XX, se llegó al extremo de que podían tener miles de propietarios, divididos en fondos de pensiones, grupos de inversión, etc. Sobra mencionar que todos ellos sin ninguna posibilidad de control real sobre las compañías de las cuales eran los verdaderos "propietarios". La leyenda urbana de una venerable anciana capaz de interrumpir una junta de gobierno de General Motors, por poseer una acción de la empresa,  es sólo eso, un cuento simpático.

En este punto nos hallamos en la situación inicial. Un "pueblo de accionistas" y unos administradores burocráticos que pueden hacer lo que quieran con una propiedad que no les pertenece. La similitud entre una "república bananera" y una "empresa bananera" es evidente. Los ejecutivos se asignan salarios de escándalo, bonos anuales de sátrapa y -en caso de quiebra o despido- la seguridad de recibir un "golden parachute" millonario.

No hay duda que muchas compañías aún son relativamente honestas con sus auténticos propietarios capitalistas. También, muchos países -aún pequeños- no son "repúblicas bananeras". Pero el mecanismo está ahí, intacto. Y lo seguiremos viendo cada vez más, por desgracia.
 

Mecanismo de precisión

- Tu puedes hacerlo Barack... ¡Si eres el hombre más poderoso del mundo!
- ¡Shhhhhhh! ¡Baja la voz Michelle! ¿No ves que -seguramente- nos están grabando?
 
 

sábado, 16 de abril de 2011

(3) Catalina y el Señor

Catalina Etchegorría y Blanquet era una santa. Siempre se le dijo a Catalinita que, a su edad, se cuidara. Que no diera todo por los pobres. Ninguno le agradecería su trabajo incansable. Pero ella no se detuvo. Siguió con sus reuniones parroquiales, la publicación de folletos, sus cursillos de moralidad. Eso sí, como nunca se casó pudo dedicarse al servicio incansable de su hermano, el ahora Obispo Coadjutor de Villa de las Flores.


Hay que recordar sus excelentes trabajos sobre la santa castidad, la invalidez de los métodos anticonceptivos, la falta de fe de la juventud, el valor del pudor, el misterio de los corazones traspasados, la pureza de los matrimonios blancos, el autosacrificio sacramental, la promiscuidad de los anteconsortes, la mutua donación de los congénitos fratinos, y tantos otros temas interesantes y valiosos. Pensar que ahora llegó la hora de su inhumación... Q.E.P.D.


Pero ella, tal como lo esperaba, no está realmente muerta. Hay algo en el más allá. La recibe el mismísimo Dios, representado por un señor de edad mediana, vulgar, vestido como mecánico de barrio y con cierto atractivo masculino.


Cae de rodillas ante el Señor. Él, con un gesto la hace levantar, la invita a sentarse (en atención a su artrosis) y comienza a cuestionarla en el terrible Juicio Final.


Dios: (con gesto adusto) -¿Qué hiciste de tu vida, pendeja?

Catalina: (no sale de su asombro) ¿Perdón, Señor? ¿Oí bien? ¿Me dijo una palabra altisonante, o entendí mal? Es que, sabe Usted, últimamente no he estado oyendo bien.


Dios: ¡No te hagas! Bien que me oíste, idiota. ¿A poco crees que no conozco todos tus pinches secretos?

Catalina: (volviéndose a poner de rodillas) -¡Señor, mi Dios bendito! ¿Por qué me hablas así? El Señor odia las palabras vulgares.


Dios: ¿Y tú quién carajo te crees? ¿Cómo te atreves a decir que sabes lo que me gusta y lo que no? Si hay algo que aborrezco es que hablen en Mi Nombre a lo pendejo. Si hablo así, es porque debo mostrarme ante ti de un modo inteligible. Tu reducida mente nunca podría comprenderme tal cual Soy. Así que decidí -por mis huevos- hacerlo del modo que siempre despreciaste. Parecerme a los léperos que odiabas (o, más bien, decías odiar; porque bien que te fijabas en los fuertes brazos de más de uno que andaba en la calle, y hasta abrías las aletas de la nariz buscando -como perra- su olor a macho joven).


Catalina: -¡Perdón! ¡Perdón! ¡Misericordia! ¡Basta, Señor, no me tortures más! ¡Apiádate de esta pobre alma doliente!


Dios: -Mira, pinche vieja, ya me tienes hasta la madre con tanta hipocresía. ¿Crees que no estoy viendo -en este preciso instante- toda la mierda que tienes en tu podrida cabeza? ¿Crees que me vas a engañar con tu discursito barato de película bíblica?


Catalina: -Pero entonces... ¿Nada de lo que yo creía era cierto? ¿He vivido engañada, acaso?


Dios: -P'os qué te digo... Viviste con una venda en los ojos. Venda bien apretada por ti misma, por cierto. Con el corazón seco. El espíritu lleno de odio y envidia. Desaprovechaste todas las oportunidades que te di para ser feliz.  Dabas lecciones de moral sobre lo que no conocías. Hablabas en Mi Nombre. Fingías una santidad de la que estuviste muy alejada. Decías que me amabas ¡a Mí! cuando -en realidad- te habías armado un ídolo con cara de estampita y espíritu de fraile inquisidor. ¡No me jodas!


El Señor, rojo de la ira, acciona una palanca en su escritorio y -súbitamente, en medio de un humo negro- se abre el suelo bajo Catalinita.






viernes, 15 de abril de 2011

(2) Una tradición renovada

El seminarista acciona la herrumbrosa llave que le permite el acceso a los aposentos reservados de la curia. En la penumbra se dirige de puntillas a la recámara y descorre las pesadas cortinas. De camino, automáticamente enciende la computadora para poder pasar en limpio los documentos del día. Entre cojines, casi sentado, el Obispo aún duerme resoplando. El aire viciado, por una mala digestión, no es precisamente un ejemplo de olor a santidad. Habrá que entreabrir las ventanas. En apariencia, agotado por la ingente tarea de elaborar la homilía del domingo, sobre el escritorio se hallan abandonadas varias tazas de café junto a los papeles en desorden.

- Monseñor... ¿Pasó Usted una buena noche?

Mientras se incorpora pesadamente, responde en un hilo de voz:

- Con dulzura...
- Veo que ha trabajado hasta tarde, Monseñor. ¿Quedó lista la homilía?
- ¡Será elocuente!
- ¡Qué maravilla! Me imagino que contiene nuevos conceptos... Contendrá frescas e iluminadoras ideas.
- Nuevas y accesibles a la razón.
- ¿Puedo leerla?
- No es un misterio...

El seminarista, casi temblando, toma las hojas entre sus manos y lee ávidamente:

Queridos hermanos y hermanas:

Quiero hoy, aquí, rendir testimonio de las fuentes vivas de la fe y de su fuerza liberadora. Gocemos, con alegría y esperanza renovada, la demostración de una perfecta adhesión a ella. Con un espíritu de apertura, atento y fervoroso, veremos el resplandor que ilumina la belleza de la verdad y de sus obras. Ese misterio, que se realiza en todo tiempo, nos impone la grave obligación de retornar a la tradición y significación primordiales. Es una fuente de luces siempre nuevas y accesibles a la razón, lo que no basta para que solicitemos, con humildad, nuestra participación en los frutos de sus designios. Es, a no dudarlo, el corazón del hombre quien con dulzura ha sido llamado para sufrir esa singular transformación. El sacrificio, como toda obra fecunda, nos lleva a la gozosa emoción de servir. Será el elocuente signo de la unidad y prenda de una antigua institución de trascendencia secular. Hagamos oír nuestra voz para que el sufrimiento y las dificultades animen nuestra eterna confianza en la reconciliación.

Amen

Al terminar, el joven novicio reposa amorosamente las hojas sobre el escritorio y con una sonrisa perfecta le expresa, de modo tácito, su total admiración. Sin duda, se trata de una brillante pieza de oratoria que hará estremecer de emoción a los feligreses. El bello discurso, su depurado estilo y la profundidad del mensaje lo han conmovido. Súbitamente sigue el impulso de arrodillarse y besar la piadosa mano capaz de plasmar una exégesis tan sublime.

- ¡Es extraordinaria, Monseñor! Permítame darle mis más calurosas felicitaciones. No sólo será fuente inspiradora para los asistentes, sino envidia de muchos Señores Obispos... Jajaja.
- Con humildad y emoción de servir...
- Pero veo que sobre la mesita auxiliar hay aún más papeles... ¿Acaso otra homilía? ¿La de la semana siguiente?
- Es nuestra esperanza...
- Demasiado trabajo para Usted.
- ¡Basta! Se realiza todo el tiempo...
- ¡Ha hecho un esfuerzo sobrehumano, Monseñor! Qué digo sobrehumano... ¡Sobrenatural!
- Las dificultades son siempre nuevas.
- ¿Puedo leerla?
- A no dudarlo... Con confianza.

El seminarista toma el manuscrito y con deleite se demora en la lectura que, apenas en unos minutos, deberá guardar protegida para la posteridad.

Hermanas y hermanos queridos:

Con renovada esperanza gocemos el elocuente signo de la reconciliación. Será el corazón del hombre, y el resplandor de toda obra fecunda, ese misterio que no basta para que solicitemos el sacrificio de sus frutos. Lo veremos en el fervoroso sufrimiento, de luces siempre nuevas. Nuestra participación es, a no dudarlo, una fuente para la gozosa emoción de servir y prenda de trascendencia. Como una antigua institución secular, con dulzura ha sido llamado para sufrir esa singular transformación. Las fuentes vivas de la fe, accesibles a la razón y su fuerza liberadora, realiza en todo tiempo los designios de significación primordiales. Quiero que, con humildad, las dificultades animen nuestra apertura y confianza en la demostración de una perfecta adhesión a la tradición eterna. Rendir testimonio, y un espíritu atento, es quien nos lleva hoy a ella, y nos impone la grave obligación de retornar a la unidad. Hagamos oír aquí, con alegría, nuestra voz que ilumina la belleza y la verdad de sus obras.

Amen


- No sé qué decir... Hay tal riqueza en esos textos. Estoy conmovido hasta las lágrimas.
- Lo que nos impone la grave obligación de rendir testimonio.
- Veo en Usted una eterna fuente de creación. Un resplandor de fe.
- Nuestra voz ilumina la verdad liberadora.
- ¡Con luces siempre nuevas, Monseñor!
- A sus frutos nos lleva el sacrificio.
- Es una obra fecunda.
- El corazón del hombre ha sido llamado a la reconciliación.


Mientras el obispo se encamina prontamente al baño, el joven -aún pasmado- se dirige a la computadora con el fin de archivar los textos e imprimirlos -con letra grande- para que puedan ser fácilmente leídos en el templo.

Como si se tratara de una sombra malévola trata de alejar la envidia intelectual que le producen esas magníficas piezas. Recuerda con ternura cómo una homilía similar lo encaminó al humilde servicio del obispo. Pero íntimamente se pregunta cuándo será el bendito día que podrá, él mismo, llegar a esas cimas espirituales. Sospecha que aún deberá recorrer un largo camino de oración, reflexión y estudio.

De pronto siente una súbita inspiración. Acuden a él ideas, pensamientos, intuiciones. Abre un nuevo archivo y -gracias a la comodidad del procesador de textos- transcribe su propia creación:


Queridos, hermanas y hermanos:

Gocemos, la demostración de una perfecta confianza, con humildad, con alegría y esperanza. Veremos cómo, con un espíritu de apertura, el resplandor que ilumina la belleza de la verdad es una fuente de luces siempre nuevas. Quiero rendir testimonio, atento y fervoroso, de las fuentes vivas de la antigua tradición, de su fuerza y de sus obras. A no dudarlo, hoy, aquí, es el sacrificio del hombre, quien con dulzura ha sido llamado a la razón. Toda obra fecunda no basta para sufrir, solicitemos nuestra participación en los accesibles frutos de sus designios. Hagamos oír nuestra voz para que el sufrimiento y las dificultades animen nuestra adhesión a ella en la reconciliación eterna. El corazón de secular trascendencia, para esa renovada y singular transformación, nos lleva a la gozosa emoción de servir. El signo elocuente de la institución nos impone una liberadora unidad. Ese misterio, que se realiza en todo tiempo, prenda será de la grave obligación de retornar a la fe y significación primordiales.

Amen

Al releer su documento es invadido por un orgullo exultante. Hay algo inesperado, como un bullir de mariposas, en su pecho. Entrevé que ya ha comenzado a despejar de obstáculos el abrupto sendero que lo llevará al triunfo. Por fin ha entrado, de propio pié, en una tradición renovada.